viernes, 17 de julio de 2015

Arte y Sociedad
Introducción a la relación entre el arte y los procesos sociales del siglo XX

Fabián Beltramino

[Clase de oposición para concurso docente de la materia Arte y Sociedad de la Licenciatura en Audiovisión de la Universidad Nacional de Lanús,  17/7/2015]

Esta clase es la que da inicio al desarrollo de la última unidad del programa, y comienza con la visualización de la primera diapositiva exhibida en la primera presentación utilizada en la primera clase de la materia. Esto me permite retomar el planteo general, la idea básica en la que se sustenta la asignatura.
Arte y Sociedad trata del análisis y la descripción de procesos. De varios procesos simultáneos que se vinculan unos con otros en una relación no jerárquica y no determinante, aunque permite establecer una progresión que va de lo general a lo particular. En este sentido, un título alternativo de la materia podría ser el de “Sociedad y Arte”.
De lo que se trata, en primer término y de un modo general, es del estudio del proceso de surgimiento, consolidación y crisis de la sociedad burguesa occidental, y del capitalismo como su sistema económico.
En paralelo al estudio de ese marco, la especificidad del arte es abordada en términos del estudio del proceso de consolidación y crisis del campo del arte como campo relativamente autónomo, un fenómeno cultural propio y característico de esa sociedad occidental, producto de su lógica interna, una lógica basada, en lo fundamental, no sólo en la división de tareas sino en la constitución de áreas específicas de desempeño práctico.
Con relación al campo o mundo del arte se estudian, en particular, los procesos de desarrollo y crisis de los sistemas o códigos dominantes, el naturalismo en el caso de la pintura y la tonalidad en el caso de la música.
Como se ve, el arco del recorrido es, en cada uno de los niveles, similar, es decir, comprende un punto inicial, un desarrollo y un quiebre. Y el siglo veinte, tema de la última unidad del programa, será abordado, justamente, como la manifestación de la crisis en todos ellos: crisis social, crisis política, crisis económica y, por supuesto, crisis de los sistemas o códigos dominantes en el campo del arte.
Para describir el siglo veinte, voy a partir de la historiografía social general, concretamente del planteo de Eric Hobsbawm, ya utilizado a la hora de abordar el siglo diecinueve. Este autor hablaba, en aquél caso, del “siglo largo”, escapando a los límites de la cronología a partir de ubicar entre el inicio de la Revolución Francesa, en 1789, y el inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914, el comienzo y el fin de un proceso que podría caracterizarse como el de consolidación de la burguesía y de la sociedad capitalista e industrial en todos sus niveles.
A la hora de abordar el siglo veinte, de manera correlativa, Hobsbawm recurre al concepto de “siglo corto”, ubicando su inicio en ese 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, y su final en 1989, cuando termina esa tercera guerra no declarada aunque bien concreta, la Guerra Fría, con la caída del Muro de Berlín y el comienzo del fin de la Unión Soviética.
El siglo veinte es, desde esta óptica, entonces, el siglo de las guerras, guerras que significan, cada una de ellas y en conjunto, la manifestación mas cruenta pero más concreta de esa crisis que se venía anunciando desde el siglo anterior, en paralelo a la consagración de un modelo.
José Pablo Feinmann elige, en su novela La crítica de las armas, para establecer el punto de inicio de esa debacle, un hecho que ha sido muy significativo en su época y todavía hoy retorna, cada tanto, como la memoria de una catástrofe que ha marcado una herida que todavía no ha podido ser cerrada, una herida “narcisística”, podría decirse, el quiebre del ego de esa sociedad burguesa que parecía nadar, precisamente, en la opulencia. El Titanic, su hundimiento, la noche del 15 de abril de 1912, preanuncia, según Feinmann, todo lo que va a venir después. Esa máquina que era, desde lo tecnológico, el resumen de las posibilidades materiales de la época, y desde lo social, un cuadro de situación también más que claro: en las cubiertas superiores la aristocracia y la alta burguesía de la época, viviendo los últimos instantes de esa “bella época”, en las inferiores, esa clase baja desplazada y expulsada de Europa, obligada a “hacer la América”. Ese mundo, entonces, ese mundo burgués dentro del mundo, esa civilización flotante se hunde, además, porque no puede superar la oposición de la naturaleza. El Titanic fracasa frente al hielo y el sueño burgués empieza a convertirse en pesadilla.
Aunque la pesadilla empieza a vivirse, realmente, cuando termina esa otra ensoñación parela a la belle époque, la llamada “Paz armada” y se inicia el primer capítulo de un conflicto irresoluble, un conflicto entre las potencias europeas que mueven los hilos del capitalismo industrial y del colonialismo imperialista (Inglaterra y Francia), y aquellas naciones importantes en Europa desde lo sociocultural, aunque tardíamente organizadas políticamente y también tardíamente arribadas al juego de la gran economía, naciones que tratan de hacerse un lugar en la lógica establecida por las primeras (Alemania e Italia).
Y como si la Primera Guerra no fuera suficiente para manifestar la crisis del modelo social burgués, en medio de ella uno de los principales apoyos de las potencias dominantes, Rusia, un imperio zarista filo-francés con una lógica de poder similar a la de la monarquía absolutista, se ve envuelto en su propio proceso de resignificación de relaciones sociales, económicas y políticas a partir de la Revolución que se inicia en 1917, revolución burguesa en un momento incial, aunque definitivamente bolchevique y comunista en su continuidad.
La Revolución Rusa tiene variadas consecuencias en el mundo burgués. En primer lugar, la  aparición de un nuevo aliado de las potencias, el amigo americano, Estados Unidos, que aparece como gran proveedor de alimentos, armas y soldados que contribuyen a decidir favorablemente el curso de la guerra, aunque el precio de dicha colaboración sea tomar el mando y pasar a decidir, de ahí en adelante, la suerte y los destinos del mundo capitalista.
En segundo lugar, la Revolución Rusa, concretamente la sociedad comunista implantada a partir de ella, pasa a constituir una alternativa social concreta, ya no teórica, al orden capitalista y burgués, lo que expande, para la burguesía dominante, los frentes de conflicto, que ahora no son sólo internos sino también externos.

Si bien la Primera Guerra Mundial termina en 1918, con un resultado gravísimo en términos de pérdida de vidas y destrucción material, las razones y los conflictos que la desencadenaron no sólo quedan sin resolverse y se potencian a partir del cambio de la lógica de poder geopolítico, que muestra un Estados Unidos próspero y una Unión Soviética -inmersa en un proceso de industrialización acelerada, en el marco de la dictadura stalinista- desarrollando su propio juego de oposición, sino que la crisis del orden burgués se reencuadra políticamente a partir del surgimiento de los nacionalismos fascistas en los países derrotados (Alemania e Italia), a los que se suma desde oriente el Japón en vías de industrialización, reclamando también un lugar en la economía de gran escala.
La Segunda Guerra Mundial, que tiene lugar entre 1939 y 1945, no es sólo el escenario militar en el cual se pretende la resolución de un conflicto de base económica, sino un salto cualitativo en las posibilidades de destrucción, lo que obliga a repensar los valores y los fundamentos racionalistas, iluministas y humanistas en los que la sociedad burguesa apoyaba su teoría del progreso.
Ese desafío a pensar los conceptos de cultura, civilización y barbarie es asumido por un grupo de filósofos y sociólogos reunidos en torno a lo que se denomina la Escuela de Frankfurt, en Alemania inicialmente, luego en Estados Unidos, con Theodor Adorno y Walter Benjamin como figuras más relevantes. El concepto “dialéctica del Iluminismo”, acuñado por Adorno y Max Horkheimer –otra de las figuras estelares del grupo-, es central, en tanto se enfrenta a la barbarie no como lo irracional sino como lo más racionalizado –tanto a través de la organización del sistema de exterminio sistemático de personas como de la fabricación de la bomba atómica-, lo que permite repensar toda la serie de valores y axiomas propios de la tradición ilustrada –aún los más nobles y sublimes-, como parte de un mismo proceso, de una misma lógica. Y en ese repensar cuestiones la cultura no queda a salvo. “No se puede volver a escribir poesía después de Auschwitz”, dirá Adorno; “todo documento de cultura es a la vez documento de barbarie”, dirá Benjamin. Y ambos estarán hablando de lo mismo: de la muerte de una cultura idealista e idealizada que involucra en sí misma toda la historia del arte occidental hasta ese instante.
En este sentido, es notable, tanto por su contenido como por la forma poética que la vehiculiza, la relectura que Benjamin efectúa de la teoría del progreso propia de la utopía racionalista-iluminista. En su Tesis de filosofía de la historia Benjamin parte de un dibujo de Paul Klee de 1932, el Angelus Novus, y dice:
“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus novus. En él se representa un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos; la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha abierto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el Paraíso sopla un huracán que se ha eneredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

Así, entonces, la Escuela de Frankfurt aparece, en la teoría sociocultural, como la manifestación del anti-utopismo, ante la evidencia más contundente de que el desarrollo histórico-social, dominado por una lógica científico-tecnológica, no ha producido un mundo mejor sino todo lo contrario.
En ese estado de situación no deseado, gobernado por lo que Adorno denomina la “Industria Cultural”, caracterizada por la “reproductibilidad tecnológica” que describe Benjamin, la consecuencia más nefasta es la pérdida de autonomía por parte del sujeto, un tema que de manera premonitoria había sido ya planteado por los románticos, pero que vuelve con fuerza en ciertas corrientes del arte moderno y en algunos de los movimientos vanguardistas.
Porque la crisis y la catástrofe que acabo de describir en lo social también acontece en el mundo del arte, en ese campo del arte que desde mediados del siglo diecinueve parece funcionar como un “mundo aparte” pero que sin embargo acusa recibo de los conflictos y propone, a su manera y dentro de sus posibilidades, una solución y una salida.
El Modernismo es el primer estadío en la manifestación artística de la crisis socio-político-económica que se desarrolla a partir del último tercio del siglo diecinueve.
El Modernismo, como unidad de intención, no estilística, involucra a cada una de las corrientes que sin romper ni amenazar la autonomía de lo estético sí vienen a cuestionar los códigos productivos y perceptivos vigentes como “segunda naturaleza” hasta ese momento: el naturalismo pictórico y la tonalidad musical.
Así, tanto el impresionismo, como el expresionismo, como el constructivismo, en el caso de la pintura, aparecen como pasos simultáneos y sucesivos, cada uno con sus particularidades y su grado de incidencia en el proceso general- en el camino hacia el abandono de la referencia objetual externa, hacia la auto-reflexión del dispositivo pictórico sobre sus técnicas, sus retóricas y sus estilos, hacia la abstracción, en definitiva, como símbolo de la pintura pura.

En el caso de la música, por su parte, lo moderno pasa por nuevas propuestas de organización de lo sonoro que abandonan o resignifican el sistema tonal, vigente desde el 1600, o antes, incluso. Abandonar el sistema tonal no es sólo lo que hace Schönberg a través de sus propuestas primero “atonal-libre” y luego “dodecafónica”, también es recurrir a escalas de cinco o seis sonidos, como hace Debussy, o superponer dos tonalidades, como hace Stravinsky. Y resignificarlo es, entre otras cosas, pensar lo musical –aun siendo tonal en lo que hace al parámetro altura-, organizado o dominado por otros parámetros de lo sonoro: el timbre o el ritmo, por ejemplo.
Tanto en la música como en la pintura lo moderno significa, sobre todo, “des-naturalización”, es decir, significa auto-imponerse la exigencia de establecer un nuevo principio compositivo antes de llevar adelante la composición propiamente dicha. Lo moderno signica, entonces, evidenciar lo oculto, explicitar lo que estaba destinado a permanecer, en la lógica tradicional del arte, como lo implícito, lo no enunciado, lo axiomático, en definitiva.
Pero si el Modernismo es, como dije, el primer estadío en la manifestación artística de la crisis generalizada, y lo es en tanto manifestación que ocurre dentro los límites de lo estético, serán los movimientos de vanguardia de comienzos del siglo veinte los que vendrán a manifestar la crisis no sólo de lo artístico sino de la relación que en el marco de la sociedad burguesa se establece entre lo estético y lo extra-estético.
De manera genérica, sin entrar en los planteos específicos y a veces contradictorios entre sí de cada uno de los movimientos, es posible afirmar que el objetivo común de las vanguardias fue la abolición de la autonomía, del estatus autónomo del arte en la sociedad burguesa, un estatus “institucionalizado”, al decir de Peter Bürger, referencia ineludible en el tema.
“Reintegrar el arte a la praxis cotidiana”, “reintegrar el arte a la vida”, “modificar la sociedad desde el arte”, podrían ser slogans más que válidos a la hora de etiquetar la intención de la mayor parte de estos movimientos. Que se caracterizan, además de por esta intención de romper las fronteras entre lo estético y lo extra-estético, por ser, justamente, propuestas grupales, colectivas, con principios y objetivos muy concretos, muchas veces explicitados a través de ese género literario tan afín como lo fue el del “Manifiesto”. Movimientos muchos de los cuales tuvieron, directamente, intenciones políticas expresas.
Sobre las vanguardias ha escrito mucha gente, antes y después de Bürger, y a pesar de las diferencias de matices en las interpretaciones, el diagnóstico común apunta  a la idea de “fracaso”.
Estos movimientos artísticos y anti-artísticos, incluso, colectivos, políticamente activos en muchos casos, no habrían cumplido sus objetivos de máxima, lo cual es bastante cierto, por un lado, y no sólo eso sino que el sistema del arte los habría absorbido como un rubro más de su oferta siempre elástica.
Pero antes de analizar las conclusiones veamos, de modo general, en un grado mayor de especificidad las características de estas vanguardias. Vanguardia indica, desde el término mismo, una posición en el campo, ya no en el de batalla, pero sí en el de lo estético. Lo que queda detrás de la vanguardia, lo que las vanguardias pretenden dejar atrás es el pasado, la tradición, lo establecido, pero no para ser “modernos” como los modernos sino para cumplir ese mandato de Baudelaire que describe Nicolás Casullo: para ser modernos aun en lo moderno. Eso es lo que lleva a las vanguardias a poder efectuar el salto hacia la auto-crítica del arte mismo, ya no de una “legalidad” determinada dentro de lo estético. Ahí está la explicación a eso que Bürger entiende como la consecuencia central de las vanguardias: su ser auto-conscientes y auto-reflexivas sobre lo artístico y sobre los procesos creativos, poniendo en evidencia, des-ocultando sus lógicas internas.
¿Y cuál era la búsqueda de las vanguardias? En una época de cambios profundos, cambios sociales, cambios políticos, lo que se buscaba de modo general, era construir desde el arte un “nuevo sujeto” con una “nueva sensibilidad”, un sujeto que constuiría, a su vez, el mundo nuevo, ese mundo en el que el arte y la praxis vital serían una sola cosa. Gesto constructivista que estaba en el arte desde el Modernismo, como ya mencioné, a partir de la idea de Cézanne de que el arte no reproduce realidades sino que las hace ser, aunque en este caso extendiendo ese gesto modelador por fuera de las fronteras de lo estético.
Digo “vanguardias” y es muy amplio lo que puedo querer llegar a definir con ese término en lo que hace a los movimientos mismos. Desde comienzos del 1900 hasta la inminencia de la Segunda Guerra Mundial los “ismos” de vanguardia proliferan, se reproducen, se enfrentan, se continúan.
La propuesta de la cátedra es abordar en detalle cuatro de estos movimientos, vinculables entre sí en términos de relaciones de oposición (expresionismo alemán y futurismo italiano), de continuidad (dadaísmo y surrealismo), y de complementariedad, tanto en lo que hace a una actitud crítica y negativa (expresionismo y dadaísmo) como a unas propuestas afirmativas y esperanzadas en un cambio social propiciado desde el arte (futurismo italiano y surrealismo).
Como ejemplo a los fines de esta exposición voy a tomar una de esas relaciones posibles, la relación de continuidad que puede establecerse entre el dadaísmo y el surrealismo.
El dadaísmo fue un movimiento surgido en pleno contexto bélico, en plena Primera Guerra Mundial, en Suiza, país neutral, aislado por lo tanto del combate propiamente dicho pero no ajeno a la destrucción circundante.
Fundado por un grupo de artistas e intelectuales exiliados de distinta procedencia, liderados por Hugo Ball y Tristán Tzara, el movimiento tuvo carácter de denuncia y de reacción contra las consecuencias del desarrollo “civilizatorio” burgués-capitalista, cuya peor consecuencia, la guerra, resultaba al mismo tiempo la prueba más irrefutable de su fracaso.
Si la sociedad se aniquila, se destruye, el arte que esa sociedad ha engendrado no merece sobrevivirla. Y esa misión, la aniquilación del arte burgués, fue la misión paradójicamente antibélica, aunque al mismo tiempo nihilista, que estos artistas asumieron como propia.
La decepción y el desencanto fueron los estados anímicos que los llevaron a encarar la destrucción del arte desde la sátira, la burla, la reducción al absurdo y la provocación como actitudes fundamentales. Y esto desde el propio escenario que eligieron como dispositivo de su acción: no el teatro o la sala de exposiciones sino el cabaret, con sus connotaciones de liviandad, desparpajo, marginalidad y hasta promiscuidad implicadas en los espectáculos montados, definidos claramente como “anti-obras” de arte.
[21] Aquí vemos, por ejemplo, a Hugo Ball, vestido con su “traje cubista”, llevando a cabo una de esas performances basadas en textos pretendidamente sin sentido, destinados a provocar, a acicatear al espectador burgués al que al mismo tiempo se dirigían y despreciaban, situación que derivaba muchas veces en el escándalo y que fue el aspecto de más difícil, de imposible resolución, podría decirse, para las vanguardias en general: su relación con el público.
Movimiento “anti-esteticista”, “anti-expresivo”, al mismo tiempo “anti-expresionista” y “anti-futurista”, el dadaísmo fue la manifestación de un descreimiento y un desapego absoluto a cualquier creencia, a cualquier expectativa: en el sujeto, en la sociedad, en el pasado o en el futuro. Intentó ser la manifestación del non plus ultra.
Para contrarrestar el fundamento racional del arte y de todas las acciones del hombre burgués, por ejemplo, defendió la implementación del azar como método compositivo, claramente expresado por este “anti-poema” de Tristán Tzara, que podría considerarse también un “anti-manifiesto”:


Para hacer un poema dadaísta. Tristán Tzara
Tome un periódico.
Tome unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que quiera darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte enseguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y será usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida por el vulgo.

El movimiento dadaísta posee un padre espiritual, podría decirse, y es Marcel Duchamp, quien se consagró en la escena más visible del campo del arte en 1913 al presentar, en esa muestra conocida como el “Armory Show”, o “Exposición Internacional de Arte Moderno”, en Nueva York, su “Desnudo descendiendo la escalera n°2”, obra que generaría el escándalo suficiente para permitirle dar el que sería su paso decisivo: el abandono de la factura manual de la obra por parte del artista, en lo que se ha conocido como el “ready made”.
La instauración de lo “ya hecho” como “anti-obra” de arte, en tanto acción “anti-artística”, consiste no en la creación del objeto sino en sacarlo de su contexto habitual y reinstalarlo en un contexto de apreciación estética, aunque su finalidad no lo sea, es decir, aunque su finalidad real sea “anti-estética”, en función de demostrar que la “obra de arte” es lo que se acepta como tal y no un objeto con atributos especiales, desmontando así, por lo tanto, siglos y siglos de tradición venerativa en el arte occidental.
El mingitorio, en particular, obra enviada a un concurso, primero rechazada, luego premiada, luego depositada en la bóveda de un banco y reemplazada por una “copia”-como si eso fuera posible-, si algo pone de manifiesto es que ni la noción de artista, ni la de obra de arte, ni la de arte dependen de cuestiones que radiquen en objetos sino que surgen de relaciones sociales siempre interesadas y gobernadas por alguna clase de valor en juego.

Volviendo ahora a la cuestión inicial, a la relación de continuidad que puede establecerse entre el dadaísmo y el surrealismo, esta se basa en una lógica matemática pura, podría decirse, en la que menos y menos, negación y negación, terminan resultando más, afirmación.
Una vez que el gesto dadaísta perdura en el tiempo, y una vez terminada la guerra, tiene continuidades en Alemania y en Francia, y el collage y el fotomontaje, por ejemplo, se convierten en dos de sus géneros principales, lo que pretendía ser reducción al absurdo empieza a ser leído como posibilidad de algo nuevo, superador de límites, “vanguardista” en el sentido literal del término. Y son los que serán los pioneros del surrealismo, con André Bretón a la cabeza, quienes ven en esas manifestaciones que pretenden ser de clausura la posibilidad de una apertura.
Ya en París, a partir de 1919, la presencia simultánea de Marcel Duchamp, Man Ray, Max Ernst, Tristán Tzara, Francis Picabia y otros, resulta para André Bretón y Louis Aragon más que estimulante. Y será a partir de la desarticulación del lenguaje y las formas, y a partir del gesto de des-sacralización, de provocación y de desparpajo dadaístas que estos artistas imprimirán un giro afirmativo a esa postura radicalmente negativa. Como afirma Bretón en 1922, al romper lazos con el dadaísmo: “a partir de este estado de disponibilidad perfecta en el que el dadaísmo nos ha dejado, vamos a alejarnos con lucidez hacia lo que nos reclama”.
Partiendo de ese grado cero producto de la destrucción dadaísta, los surrealistas asumirán ese estadio como punto de partida para una recreación, para un proceso regenerativo en el que la poesía, sobre todo, aparecerá como la vía de expresión más completa de la subjetividad. Aunque no se trata de una poesía tradicional sino de un lenguaje poético liberado por ese mecanismo fundamental denominado “automatismo”: el fluir inmediato que intenta, al mismo tiempo, evitar la barrera represiva que custodia la conciencia y ampliar el horizonte de la significación posible.
De ahí la denominación: “surrealismo” como realismo enriquecido, potenciado, liberado.
Esta caracterización surge de la definición que enuncia el propio Manifiesto de 1924, que dice,
“Surrealismo: Automatismo psíquico puro por el cual nos proponemos expresar, sea por escrito, verbalmente o de cualquier otra forma, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón, fuera de toda preocupación estética o moral”.

El surrealismo apostará por una nueva concepción de la vida a partir de una nueva sensibilidad, por una nueva subjetividad, en definitiva, conjugada con ese nuevo sujeto político, el protagonista de la revolución rusa, en el que en principio la mayor parte de los integrantes del movimiento depositan todas sus esperanzas. El dogmatismo estalinista, poco después, les demostrará la inviabilidad de su proyecto, y el Partido los irá expulsando uno a uno.
Y así el sueño de las vanguardias se irá desintegrando hasta desaparecer en la inminencia de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué queda de esas apuestas? En principio, la evidencia de una derrota. Las vanguardias serán, a partir del momento inmediatamente posterior a su aparición, más o menos rápidamente absorbidas tanto por la institución-arte como por el mercado, quedando reintegradas al reino de la autonomía estética.
¿Qué quedará del surrealismo, por ejemplo? Unos meros procedimientos técnicos para sugerir lo onírico, lo fantástico, procedimientos a disposición tanto del arte como de la publicidad del futuro.
Así, los movimientos más pretendidamente anti-autónomos serán, paradójicamente y debido a la problemática relación con el público, los más autónomos, puestos a circular a partir de ese momento en una órbita propia.
¿Y entonces por qué darles tanta importancia, cuál es su legado, su enseñanza? Si los movimientos de vanguardia han servido para algo ha sido, sin duda, para desnudar la lógica de las relaciones, las dinámicas internas de ese campo artístico que pretendieron expandir o romper. La lucha contra la autonomía fue, en gran medida, la lucha contra la falsa-autonomía del arte en la sociedad burguesa, en definitiva. El arte es un mundo aparte, sí, pero un mundo aparte con una funcionalidad muy concreta: en ese mundo –opuesto y ajeno al mundo del trabajo-, se experimenta lo que no se puede experimentar en ningún otro lado y, además, ese mundo no escapa a la lógica de intereses creados, relaciones de poder y definiciones arbitrarias.
¿Fracasaron las vanguardias? Sí, en sus objetivos explícitos, aunque implícitamente hayan producido una concientización irreversible acerca de la lógica de las relaciones “en” el campo del arte y “entre” el campo del arte y el resto de los campos de la praxis social.
Podríamos afirmar que si las relaciones en el campo del arte nunca volvieron a ser lo que eran, las relaciones entre el arte y la sociedad, tampoco.
Y para cerrar el recorrido vuelvo sobre la noción de crisis. Crisis generalizada: la que se manifiesta a través de la Primera Guerra Mundial, del cráck de 1929, de los fascismos nacionalistas que surgen en Italia y Alemania en los ’30. Crisis que va a desembocar en busca de una solución (imposible) a los conflictos de la sociedad burguesa y capitalista en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el “post” actual. Crisis irresuelta, podemos asegurar.
Varias veces se ha anunciado desde aquél tiempo a esta parte el fin del capitalismo, lo mismo que el fin del arte. Ni una cosa ni la otra.
El capitalismo perdura, aunque complejísimo, y el arte también, aunque escindido. Existe un arte para el público general y un arte para especialistas. La brecha es inmensa, para algunos autores insalvable.
El único puente posible, creo, es la educación; entre otras realizaciones concretas, a través de materias como ésta, orientadas, justamente, a trabajar sobre esa brecha, a des-sacralizar, a des-idealizar, a llevar a un territorio accesible unas manifestaciones connotadas históricamente de superioridad, de idealidad.

Entender el arte como trabajo, como trabajo social, como acción social, de eso se trata, al fin y al cabo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Repertorio musical académico metropolitano


Conformación del repertorio musical académico del ámbito metropolitano (Ciudad de Buenos Aires y La Plata) 2010-2013. Espacios, instituciones, ciclos


Fabián Beltramino

[Ponencia presentada en las XI Jornadas Estudio e Investigaciones del Instituto de Teoría e Historia del Arte “Julio E. Payró” - Facultad de Filosofía y Letras – Universidad de Buenos Aires, 27/11/2014]


Este trabajo es el resultado parcial de un proyecto de investigación en curso[1], que se vincula a su vez con proyectos de investigación anteriores, todos ellos surgidos del abordaje de un problema básico: el problema del gusto, el de su conformación, sus condicionamientos y sus derivas, teniendo como supuesto básico que el gusto musical es eminentemente conservador y tradicionalista.
En el caso del proyecto presente abordo la instancia de producción, el punto en el que se inicia esa matriz que entiendo como matriz reproductiva: el concierto, aunque no desde la performance propiamente dicha sino desde su determinación previa, desde la programación, desde la elección de las obras que conformarán ese repertorio que se replicará, a posteriori, en medios de diversa índole (radio, industria discográfica, Internet).
Lo que me propongo, concretamente, es proporcionar una descripción del estado de situación actual de la programación de conciertos en el ámbito metropolitano (Ciudad de Buenos Aires y Ciudad de La Plata).
Los datos que voy a mostrar surgen del rastreo, sistematización y carga de la programación de los espacios, instituciones y cuerpos musicales que se mencionan a continuación, en un recorte que ha establecido la reapertura del Teatro Colón en 2010 como referencia inicial (considerando que se trata del espacio más relevante y más complejo en términos de programación, ya que, dejando de lado la ópera y el ballet, incluye varios ciclos paralelos), abarcando ése y los tres años siguientes, es decir, cuatro temporadas completas (2010-2013):

  • Teatro Colón: Orquesta Estable / Orquesta Filarmónica de Buenos Aires / Abono Bicentenario / Intérpretes Argentinos-Domingos de Cámara
  • Teatro Argentino de La Plata (Orquesta Estable)
  • Facultad de Derecho
  • Auditorio de la Biblioteca Nacional
  • Mozarteum
  • Festivales Musicales
  • Academia Bach
  • Orquesta Sinfónica Nacional
  • Orquesta de la UNLa

 Como es posible observar, se han excluido explícitamente ciclos como “Colón Contemporáneo”, la programación del CETC, el TACEC del Teatro Argentino de La Plata y otros similares, dado que el objetivo del proyecto es describir el perfil de las programaciones estándar y, como señala William Weber –autor de referencia en la temática y en esta clase de trabajos-, “la prueba más contundente de la existencia de un canon y de un repertorio básicamente conservador es la existencia de espacios de ‘nueva música’” [2].

Se han relevado, a lo largo de los 4 años determinados, 742 conciertos, en los cuales se ejecutaron 2781 obras, lo que arroja un promedio de casi cuatro obras por concierto (3,75).

Un primer indicador del grado de conservadurismo de la programación surge del cruce de dos datos: la fecha de nacimiento promedio de los compositores programados (1872) y la fecha promedio de composición de las obras ejecutadas (1878). La poca diferencia entre una y otra indica el peso específico que poseen, en función de una mayor cantidad, las obras más antiguas.

Otros dos datos que han sido puestos en relación han sido el año de nacimiento del compositor, el año de la obra ejecutada, y la recurrencia de obras de un mismo compositor por espacio relevado. En términos generales, los resultados son los siguientes:

Institución/Organismo
Año de nacimiento promedio de los compositores ejecutados
Año promedio de composición de las obras ejecutadas
Compositor más ejecutado (número de obras)
Festivales Musicales
1735
1787 (+52)
Bach (17)
Academia Bach
1816
1819 (+3)
Bach (22)
Orq. UNLa
1822
1841 (+19)
Beethoven (12)
Mozarteum
1832
1836 (+4)
Mozart (40)
Teatro Argentino (LP)
1858
1887 (+29)
Beethoven (7)
Teatro Colón – Orq. Estable
1859
1898 (+39)
Tchaikovsky (6)
Teatro Colón – Intérpretes Argentinos
1860
1894 (+34)
Piazzolla (9)
Teatro Colón  - Abono Bicentenario
1860
1867 (+7)
Händel (7)
Facultad de Derecho
1867
1860 (-7)
Mozart (47)
Teatro Colón – Orq. Filarmónica
1878
1903 (+25)
Beethoven, Mahler, Strauss (h) (13)
Audit. Biblioteca Nacional
1893
1909 (+16)
Chopin (22)
Orq. Sinfónica Nacional
1894
1902 (+8)
Piazzolla (33)
GENERAL
1872
1878 (+6)
Mozart (148)


A partir de este dato puede hablarse de repertorios de tendencia más conservadora que otros, lo que no sorprende en el caso de las asociaciones específicamente dedicadas a la difusión de la música de cierta época o dirigidas a un público a priori demandante de compositores consagrados (Festivales Musicales y Mozarteum) [3], pero sí resulta llamativo en el caso de organismos o ciclos dependientes de instituciones públicas que podrían arriesgar más a la hora de decidir acerca de los compositores y obras a ejecutar (Orquesta de la UNLa, Orquestas Estables del Teatro Colón y del Teatro Argentino de La Plata). En este sentido es destacable, junto con lo del Auditorio de la Biblioteca Nacional, lo de la Orquesta Sinfónica Nacional que no sólo efectúa un corrimiento de su repertorio hacia compositores y obras más recientes sino que incluye una importante cantidad de repertorio de origen local.

Considerando,  ahora, el arco temporal que abarca cada uno los repertorios relevados, es posible observar una tendencia a abarcar un amplio rango cronológico, con una concentración que de todos modos respeta la lógica dominante (ss.XVIII, XIX y XX) pero menos acentuada (Academia Bach), por un lado, y otra que exacerba la concentración en los ss.XIX y XX con menor rango temporal general (Orquesta Filarmónica, Orquesta Estable del TC y Orquesta Sinfónica Nacional):

Asociación
Arco temporal
Años del arco
s.XV %
s.XVI %
s.XVII %
s.XVIII %
s.XIX %
s.XX %
s.XXI %
Mozarteum
1676 2006
330
0
0
2,5
32
42
22
1,5
Festivales Musicales
1529 2009
480
0
3
1
40
41
14
1
Academia Bach
1490 2013
523
1,25
8
1,25
29,5
24
30
6

Orquesta
Arco temporal
Años del arco
s.XV %
s.XVI %
s.XVII %
s.XVIII %
s.XIX %
s.XX %
s.XXI %
Orq. Sinfónica Nacional
1716 2013
297
0
0
0
6,5
42,5
46,5
4,5
Orq. UNLa
1694 2006
312
0
0
1,5
27
51
19
1,5

Auditorio
Arco temporal
Años del arco
s.XV %
s.XVI %
s.XVII %
s.XVIII %
s.XIX %
s.XX %
s.XXI %
Biblioteca Nacional
1601 2013
412
0
0
0,5
8,5
31,5
44,5
15
Facultad de Derecho
1599 2012
413
0
0,2
1,3
20,5
43
30
5

Teatro
Arco temporal
Años del arco
s.XIII %
s.XVI %
s.XVII %
s.XVIII %
s.XIX %
s.XX %
s.XXI %
Argentino de
La Plata
1691 2010
319
0
0
1
5
51
40
3
Colón
Orq. Estable
1714 2011
297
0
0
0
7
52,5
33,5
7
Colón
Orq. Filarmónica
1721 2013
292
0
0
0
3
44
47
6

Colón
Int. Argentinos
1250 2013
763
0,5
1,5
3
9,5
24,5
56
5

Como se ve, la concentración de los repertorios programados en los siglos XVIII, XIX y XX  reúne el 92,59% de las obras. La distribución total, siglo por siglo, es la siguiente:

s.XIII
0,04
s.XIV
0
s.XV
0,1
s.XVI
1,06
s.XVII
1
s.XVIII
17,38
s.XIX
40,92
s.XX
34,29
s.XXI
5,21
TOTAL
100%
           

Sin embargo, es posible observar que algunas de las programaciones salen de esa tendencia general y concentran la mayor parte de su repertorio en los siglos XIX y XX. Se trata de la Orquesta Sinfónica Nacional con un 89%, el Teatro Argentino de La Plata, con un 91% y el Teatro Colón en tres de sus programaciones: Orquesta Estable (86%), Orquesta Filarmónica (91%) e Intérpretes Argentinos (80%).
Por otro lado,  cabe destacar que el Auditorio de la Biblioteca Nacional extiende una importante franja de su programación, un 15%, también al siglo XXI, concentrando en los siglos XIX, XX y XXI el 91% de su repertorio.

Ahora, yendo hacia descripciones más precisas de la composición de los repertorios, lo primero que vale la pena señalar es que los 5 compositores más ejecutados son todos europeos, nacidos y fallecidos, en promedio, en 1777 y 1832, respectivamente, y que concentran el 18% del total de obras ejecutadas:

Compositor
Año de nacimiento y fallecimiento
Cantidad de obras ejecutadas 2010-1013
Mozart, Wolfgang A.
1756-1791
140 (5%) [4]
Beethoven, Ludwig van
1770-1827
120 (4%)
Brahms, Johannes
1833-1897
85 (3%)
Tchaikovsky, Piotr Ilich
1840-1893
82 (3%)
Bach, Johann S.
1685-1750
79 (3%)
PROMEDIO
1777-1832 (55 años)
506 (18% del total)

Considerando, ahora, la concentración descripta de la programación en los repertorios de los siglos XVIII, XIX y XX, me propongo a continuación un desglose específico de las composiciones dominantes en cada uno de esos períodos temporales.

En cuanto al repertorio del siglo XVIII, que ocupa un 17% del total y está conformado por 415 obras, cuyo año promedio de composición es 1754 y pertenecen a 41 compositores, nacidos en promedio en 1738, aparece dominado, en gran parte (36%) al igual que el repertorio general, como ya se ha dicho, por la obra de Mozart, seguida por la de Bach (19%).
Ahora bien, pero ¿qué parte y qué proporción de la obra de Mozart es la que aparece como dominante?
Si se desglosan todas las ejecuciones con material de su autoría (148), se comprueba que son 73 las obras ejecutadas respecto del total de sus composiciones, siendo apenas 7 de esas 73 (una obertura de ópera, tres obras religiosas, una sinfonía y dos conciertos) las que lo han sido por lo menos 4 veces, es decir, al menos 1 vez por temporada, en promedio:

Mozart
Cantidad de ejecuciones 2010-2013
Obra
Año de composición

17
13
492
Las Bodas de Fígaro – Obertura
1786
3
492
Las Bodas de Fígaro - “Voi che sapete che cosa è amor”
1
492
Las Bodas de Fígaro - “Non so più cosa son, cosa faccio”, aria de Cherubino
8
6
317
Kyrie de la Misa Coronación
1779
2
317
Misa de la Coronación, para órgano, coro, solistas y orquesta, KV 317
6
626
"Requiem", para solistas, coro y orquesta, KV 626
1791
5
3
550
Sinfonía Nº 40 en sol menor KV 550
1788
2
550
Sinfonía Nº 40 en sol menor KV 550 1° movimiento
4
191
Concierto para Fagot en Si b Mayor K.191
1774
4
427
Gran Misa en do menor, Kv. 427 Para doble coro, orquesta  y solistas
1783
4

459
Concierto para piano y orquesta Nº 19 en fa mayor, K 459
1784

Yendo al s.XIX, que podría considerarse el “núcleo duro” de una programación que “tira para atrás”, una música que sigue ocupando la porción mayoritaria del total de música ejecutada en el total de los espacios relevados  (40% respecto del total que llega, en algunas programaciones, a superar el 50%: justamente en aquellas de los cuerpos orquestales estables de los dos principales espacios de conciertos del ámbito metropolitano y en la de una de las únicas universidades del conurbano con cuerpo orquestal propio: Orquesta de la UNLa [51%], Orquesta Estable del Teatro Argentino de La Plata [51%] y Orquesta Estable del Teatro Colón [52,5%]), se observa que está conformado por un total de 1095 obras, cuyo año promedio de composición es 1858. Este total de obras pertenece a 117 compositores, nacidos en promedio en 1815.
Ahora bien, es notable que más del 50% del total de esas obras (55%, es decir, 604 de 1093 obras), corresponda sólo a 10 compositores, todos europeos, la mitad alemanes (estrictamente 4 alemanes y 1 un austríaco, Schubert), nacidos en promedio en 1816.
Respecto de este núcleo dominante, el año de composición promedio de las obras desciende a 1852:

10 Compositores del s.XIX más ejectutados
Orden
Compositor
Obras ejectudas entre 2010-2013
1
Beethoven (alemán, 1770-1827)
110
2
Brahms (alemán, 1833-1897)
82
3
Tchaikovsky (ruso, 1840-1893)
82
4
Dvorak (checo, 1841-1904)
69
5
Chopin (polaco, 1810-1849)
54
6
Schumann (alemán, 1810-1856)
52
7
Schubert (austríaco, 1797-1828)
48
8
Verdi (italiano, 1813-1901)
44
9
Mendelsohn (alemán, 1809-1847)
32
10
Bizet (francés, 1838-1875)
31
TOTAL
604

Beethoven aparece, como se ve, como el más ejecutado de los compositores del repertorio más ejecutado. Y bastante lejos de los demás, además. [5]
Si se desglosan todas las ejecuciones con material de su autoría (120), se comprueba que son 40 las obras ejecutadas respecto del total de sus composiciones, siendo apenas 11 de esas 40 las que lo han sido por lo menos 4 veces, es decir, al menos 1 vez por temporada, en promedio:

Beethoven

Opus
Obra
Ejecuciones 2010-1013
Año composición / estreno
1
67
Sinfonía Nº 5 en do menor, op. 67
9
1808
2
55
Sinfonía Nº 3 en Mi bemol mayor, "Heroica", Op 55
8
1803
3
84
Obertura “Egmont”, Op. 84
8
1810
4
60
Sinfonía nº 4 en Si bemol mayor, op. 60
7
1806
5
62
Obertura “Coriolano” op. 62
7
1807
6
92
Sinfonía nº 7 en La mayor, op. 92
6
1812
7
125
Sinfonía Nº 9 en re menor, Op. 125 Coral
6
1824
8
73
Concierto Nº 5 en Mi bemol mayor "Emperador" Op.73
5
1809
9
21
Sinfonía nº1 en Do Mayor, Op.21
4
1800
10
50
Romanza para violín y orquesta nº 2 Op. 50
4
1798
11
68
Sinfonía nº 6 en Fa Mayor, Op.68 ( Pastoral)
4
1808


En cuanto al repertorio del siglo XX, que ocupa un 35% del total, está conformado por 1045 obras, cuyo año promedio de composición es 1942. Este total de obras pertenece a 328 compositores, nacidos en promedio en 1893.
Tenemos, en este caso, mayor diversidad de autores y obras que se alejan, en su año promedio de composición, 49 años respecto del año de nacimiento promedio de los compositores, lo que habla de un peso relativamente mayor de obras no compuestas por los compositores dominantes del período, respecto de los anteriores cortes temporales analizados.
El repertorio en el que la música del siglo XX tiene mayor presencia es el del ciclo “Intérpretes Argentinos”, del Teatro Colón, el ciclo de música de cámara que tiene lugar los domingos por la mañana. Las programaciones en las que tiene menor presencia son las de “Festivales Musicales” y la “Orquesta UNLa”, con un 14 y 19%, respectivamente.
Yendo a la concentración y a los compositores más ejecutados del período, encontramos que el nivel de concentración es más bajo. Para cubrir en un listado la mitad del repertorio ejecutado, como en el caso del siglo XIX, los nombres que aparecen no son 10 sino 27, siendo dos argentinos los que dominan el listado: Piazzolla y Ginastera.
Un dato interesante es que esos compositores que cubren el 50% del total están todos fallecidos, en promedio, en 1955. Es decir que lo que describimos como música del siglo XX es, en su mayor parte, en realidad, música de la primera mitad del siglo XX:

Compositores del s.XX más ejectutados
Orden
Compositor
Obras ejectudas entre 2010-2013
1
Piazzolla (argentino, 1921-1992)
72
2
Ginastera (argentino, 1916-1983)
63
3
Ravel (francés, 1875-1937)
34
4
Debussy (francés, 1862-1918)
31
5
Shostacovich (ruso, 1906-1975)
27
6
Guastavino (argentino, 1912-2000)
23
7
Bartók (húngaro, 1881-1945)
19
8
Rachmaninoff (ruso, 1873-1943)
19
9
Sibelius (finlandés, 1865-1957)
19
10
Britten (inglés, 1913-1976)
18
11
Mahler (alemán, 1860-1911)
18
12
Prokofiev (ruso, 1891-1953)
18
13
Gianneo (argentino, 1897-1968)
15
14
Falla (español, 1876-1946)
14
15
Stravinsky (ruso, 1883-1971)
13
16
Villa-Lobos (brasilero, 1887-1959)
13
17
Vaugham Williams (inglés, 1872-1958)
12
18
Gilardi (argentino, 1899-1963)
11
19
Aguirre (argentino, 1868-1924)
10
20
Gershwin (estadounidense, 1898-1937)
10
21
Holst (inglés, 1874-1934)
10
22
Bernstein (inglés, 1918-1990)
9
23
Puccini (italiano, 1858-1924)
9
24
Enescu (rumano, 1881-1955)
8
25
Moncayo, J.P. (mexicano, 1912-1958)
8
26
Schoenberg (alemán, 1874-1951)
8
27
Castro, J.J. (argentino, 1895-1968)
7
TOTAL
518

Ahora bien, yendo a los casos específicos de Piazzolla y Ginastera, y observando qué obras de cada uno son las que más se ejecutan, en el caso del primero, si desglosamos todas las ejecuciones con material de su autoría (72), son 27 las obras ejecutadas respecto del total de sus composiciones, siendo apenas 4 de esas 27 las que lo han sido por lo menos 4 veces, es decir, al menos 1 vez por temporada, en promedio:

Piazzolla
Cantidad de ejecuciones 2010-2013
Obra
Año de composición
16
Adiós nonino
1959
12
Libertango
1974
6
Oblivion
1982
4
Fuga y misterio
1955

Es notable el nivel de iteración de las dos primeras obras de este compositor, ejecutadas, en promedio, cuatro y tres veces por cada año relevado, respectivamente.
En cuanto a Ginastera, el nivel de concentración en pocas obras es notablemente mayor, en una sola obra, podría decirse: la “Suite del ballet ‘Estancia’” que, ejecutada en forma total o parcial, aparece unas 8 veces por cada una de las temporadas relevadas, en promedio:

Ginastera
Cantidad de ejecuciones 2010-2013
Obra
Año de composición
32
17
Suite del ballet “Estancia” – Malambo
1941
13
Suite del ballet “Estancia”
1941
1
Suite del ballet “Estancia” - Danza de los trabajadores agrícolas y Malambo
1941
1
Suite del ballet “Estancia” - Danza del trigo y Malambo
1941
4

Tres danzas argentinas Op.2
1937

En función de lo descripto, podríamos cerrar diciendo “¿Quiere ser, en la Argentina, un programador de conciertos que responda a la norma dominante? Elija entonces entre las mencionadas 7 obras de Mozart, las 11 obras de Beethoven, las 4 obras de Piazzolla y las 2 obras de Ginastera y tendrá usted un programa de concierto que resuma la lógica de ejecución de los últimos años en el ámbito metropolitano local”. Ese programa podría ser, por ejemplo, el siguiente:

Mozart – Obertura de “Las bodas de Fígaro” 4:00
Beethoven – 5° Sinfonía 36:00
Piazzolla – Adiós nonino 6:00
Ginastera – Suite del ballet “Estancia” 12:00
Total: 58:00

Lo que sigue, a partir de esto, como tarea investigativa, es efectuar un análisis estético/técnico de las tres obras más ejecutadas de los diez compositores más programados, con la intención de establecer, a través de ese corpus, un perfil de lo que podría entenderse como un código musical dominante, además de efectuar una vinculación de ese patrón descriptivo con las “disposiciones” y “competencias” que ese código estaría al mismo tiempo exigiendo y reforzando, al igual que con las ideas de “capital cultural”, “interés” y “valor” que dichas obras estarían proporcionando o garantizando, nociones propias, todas ellas, de una mirada sociológico-culturalista.


Notas:
[1] “Más de lo mismo. La programación de conciertos de música académica. Su incidencia en la reproducción de un oyente conservador”. Departamento de Humanidades y Artes. Universidad Nacional de Lanús (2013-2014). Fabián Beltramino (director)
[2] Weber, William (2011): La gran transformación en el gusto musical. La programación de conciertos de Haydn a Brahms, Buenos Aires: FCE
[3] Academia Bach, que por su definición institucional pertenece a esta clase de instituciones, sorprende con un predominio, en su programación, del repertorio compuesto en el siglo XX (30%), cuestión que será analizada en otro trabajo.
[4] En un estudio previo, en el que se llevó a cabo el relevamiento de la programación de la FM Radio Clásica de la Ciudad de Buenos Aires (97.5 Mhz) a lo largo de un año (Noviembre 1999-Octubre 2000), Mozart también lideraba la programación, con casi un 4% del total (3,78% sobre 3252 horas relevadas, es decir, unas 123 horas de emisión).
[5] La relevancia de Beethoven en la programación de conciertos surge también en estudios llevados a cabo en el ámbito anglosajón, entre otros en el trabajo de Kate Hevner Mueller, de 1973, “Twenty seven major American symphony orchestras”, un análisis de las músicas ejecutadas entre 1842-1843 y 1969-1970, en el que el alemán encabeza la lista de los 70 compositores más ejecutados. Referido en Price, Harry (1990): “Orchestral Programming 1982-1987: An indication of Musical Taste”, en Bulletin of the Council of Research in Music Education, nº106, winter.