lunes, 12 de octubre de 2026

El medio como clave reveladora en la música por tecnología

[Ponencia presentada en el V CONGRESO INTERNACIONAL “ARTES EN CRUCE”, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Artes, agosto 2026]

 


Introducción

A partir de la última parte de la década del ‘40 del siglo pasado, luego del inicio de la reconstrucción posterior al fin de la Segunda Guerra Mundial, la música llamada académica, culta o de tradición escrita empieza a transitar nuevos carriles. Surge, en dicho campo, lo que luego va a llamarse “música por tecnología”, en la que el medio técnico, primero eléctrico/electrónico, luego digital, deja de ser, justamente, medio, para convertirse en condición de posibilidad tanto de un nuevo modo de hacer, de poner a circular, como de escuchar música. Esto se debió a la incorporación al ámbito del hacer artístico de desarrollos tecnológicos sobre los que se avanzó durante y a causa de la guerra. Surgieron así, en Europa, en Estados Unidos[1] y en distintos lugares del mundo, uno de ellos Argentina[2], los primeros estudios y laboratorios de música electrónica[3], y una de las primeras corrientes estilísticas vinculada a los nuevos medios: la música concreta[4]. A partir de allí, las denominaciones conviven, se suceden, disputan entre sí: concreta, electrónica, electroacústica, mixta, computacional, algorítmica, live electronics, acusmática, interactiva, en red, arte sonoro, paisaje sonoro, inmersiva, generativa. Más allá de tal diversidad, lo central, lo que todas estas corrientes tienen en común, es que existen, son, porque lo tecnológico se los permite. La tecnología, en estos casos, no es un elemento que se agrega o que viene a reemplazar a uno ya existente. La tecnología, insisto, cambia la manera en que la música es creada, es puesta a circular y es escuchada. En lo que hace a la producción propiamente dicha, permite no sólo nuevas formas de composición sino una nueva concepción del sonido, que deja de ser elemento previo para pasar a ser un constructo, el primer estadio en la tarea creativa. El sonido pasa a ser materia a crear para luego poner en forma, lo cual produce un desplazamiento de los límites de lo escuchable, límites que avanzan, sin duda, contra la noción de lo inaudito, de lo “nunca oído”. Ontológicamente podría proponerse la idea de que la música por tecnología es “otra música”, incluso, como sostenía el compositor argentino Francisco Kröpfl, iniciador de la música electroacústica en la Argentina, que dentro de las “poéticas sonoras”, aquella llamada música, producida a partir de instrumentos, es apenas uno de sus rubros, dando lugar así a las producciones que las nuevas corrientes proponen, cuyas denominaciones más actuales evitan aludir, justamente, a su carácter “musical”. Se trata, en un sentido radical, de composiciones sin intérprete, dado que carecen también de partitura o registro de “nivel neutro”[5], susceptible de análisis y de, justamente, “interpretación”; composiciones que fuerzan también las nociones tradicionales de duración, principio, fin, forma fija; que se vuelven “procesuales” y operan sobre dimensiones tales como el espacio, el ámbito electromagnético, o semejantes. Por todo ello, puede afirmarse que se trata de un arte, dentro del arte musical, que da cuenta de un “mundo” nuevo, en el que las fronteras natural/artificial, humano/maquinal si no se diluyen tienden por lo menos a entrar en conflicto. Es en función de todo ello que propongo leer este fenómeno desde la mirada filosófica de Martin Heidegger, quien en varias conferencias dictadas durante la década del ‘50 del siglo pasado problematiza tanto el lugar de la técnica en la acción humana como el nuevo tipo de experiencia que, aplicada al arte, ésta propone.

 

Desarrollo

Martin Heidegger dicta la conferencia “La pregunta por la técnica” en noviembre de 1953, en la Academia Bávara de Bellas Artes, en el contexto de un ciclo denominado “Las artes en la época técnica”. Como cuando aborda la obra de arte, su objetivo declarado es también, en este caso, dar con su “esencia”, la cual, sin embargo, aclara desde el inicio, no es “algo técnico” en el sentido de algo “neutral” (1997: 113). Tampoco lo es lo que ella es en tanto “dispositivo” o instrumentum que utiliza aparatos y máquinas para alcanzar un fin humano en tanto “hacer del hombre” (p.114). Tal determinación instrumental y antropológica, afirma, si bien es correcta, no es “verdadera” en relación con su esencia (p. 115). Pensar lo técnico como instrumental sería pensarlo en términos de causalidad. Y aunque sostenga que la causa eficiente aristotélica, en tanto “determina de manera decisiva a toda la causalidad” porque “produce el efecto” (p. 116), en tanto “aquello que hace que, en los resultados, algo resulte de una manera o de otra” (p. 117), su argumento va a apuntar a poner el acento no en la producción ni en lo producido sino en su resultado ontológico, en el pasaje de algo al estatuto de “presencia”, de “des-velado”, de “des-ocultado”. “En el desocultarse se funda todo producir” (p.120), afirma, para caracterizar al desocultar como “posibilidad de toda fabricación productora” (p.121). Es en este punto cuando queda claro que la técnica no es un simple medio de producción. No es la acción, ni la aplicación de medios lo decisivo de la téchne en tanto saber aplicado a un hacer productivo. La técnica, sobre todo en su versión moderna, es un “desocultar” (p.125) que tiende a exceder los límites del propio hacer humano como mera tarea, que pone a lo humano frente algo “real” en este sentido sí “esencial”: que se trata de un “querer” que no es más que expresión o manifestación de “libertad” (p. 135).

Lo interesante es que el develamiento que proviene de la técnica es, para Heidegger, peligroso, amenazante, y no porque la sede de tal amenaza radique en las máquinas o en los aparatos sino porque, justamente, radica en la esencia del hombre (p. 133). El peligro de la técnica no es la técnica, es lo humano. Es por ello que la esperanza en “lo salvador” (p.140) también está puesta allí, en aquello humano en lo que se puede confiar, en lo humano a través de lo cual sea “el ser del hombre” (p. 145) el que se imponga asociando la “esencia de la técnica” a la mayor apuesta por la salvación, que es “la esencia del arte” (p.148). La utilización de la tecnología en el arte habilitaría, así, que el ser se apropie de su apertura y la vivencie como propia, en lugar de quedar atrapado en el querer dominarla al concebirla como mero instrumento (p. 144). El arte es, para Heidegger, en tal sentido, como afirma Gustavo García Conde, “una de las vías a través de la cuales… creyó encontrar una posibilidad para combatir lo destructivo de la técnica” (2009: 6).

La técnica artística o el “arte técnico” (la “música por tecnología”, en este caso), es el elemento que permite entender el mundo que se revela a partir de ella, permite entender el orden que ella misma establece y del que el ser forma parte, porque es el que la ha creado. Como afirma Román Chávez-Báez, la misión del arte, para Heidegger, es “mostrarnos lo que cada cosa es en función de un mundo humano, en el que cada cosa encuentra su exacto significado y al que aporta un complemento enriquecedor” (2009: 55).  La apertura, entonces, incluye al ser, que la vivencia como propia. Lo imprescindible, para que esto ocurra, es que haya una actitud contemplativa completa y compleja frente al acontecer. Cuestión que Heidegger desarrolla en otra conferencia, titulada “Serenidad”.

Heidegger dicta esta conferencia en 1955, en honor del compositor Conradin Kreutzer (1780-1849). Lo que el filósofo alemán propone, concretamente, en este caso, es dejar de ver las cosas “desde el solo aspecto técnico” cuya complejidad, reconoce, se nos escapa, dado que “en toda ocasión hay en el mundo técnico un sentido oculto… que se nos esconde”. A partir de ello, propone asumir la que denomina “apertura al misterio”, que garantiza “permanecer en el mundo de un modo diferente”, como si pasáramos a pisar “un nuevo suelo” (1994: 27). Esto implica dejar de lado el pensamiento calculador para dar lugar al “meditar”, que se muestra, desde su punto de vista, como “lo más humano” (1994: 28), en tanto aquello que permite poder “estar y perdurar fuera de peligro en medio del mundo técnico” (1994: 27). Esta experiencia, a la que el arte tecnológico invita, no pasa, entonces, por identificar, interpretar, decodificar algo, sino por capitalizarla al máximo, sumergiéndose, disolviéndose en ella para re-configurarse. Se trata, como afirma Constanza Iturriaga, de dejar “que el ente aparezca desde sí mismo… en su plena proximidad” (2023: 129). Es en tal sentido que puede hablarse de experiencia ontológica, una experiencia de transformación del ser, del mundo y del ser en el mundo. Es importante señalar que “ser”, para Heidegger, no significa en los años ‘50 lo mismo que significaba hacia fines de los años ‘20. Se ha producido en su pensamiento el denominado “viraje” que consiste, básicamente, como señala Adrián Bertorello (s/f), en el pasaje del Dasein al Ereignis como idea ordenadora. El Dasein, en tanto instancia en la que el ser se manifiesta, consistía en una figura antropológica que permitía comprender el “mundo” como horizonte de sentido pragmático e histórico. El Ereignis, en cambio, consiste en un espacio de manifestación de un “mundo” respecto del cual el hombre ya no es iniciador, fundamento, sino respecto del cual pasa a tomar conciencia de ser partícipe. Se trata de un acontecimiento, un suceso, un evento que es vivido y experimentado como totalidad de significado. La manifestación de la verdad de la obra consiste en una vivencia fenomenológica, puramente pragmática, una vivencia perceptiva que resulta en experiencia de totalidad.

Volviendo a la problemática del “entregarse” a escuchar, es notable el modo en que el filósofo francés Jean-Luc Nancy la retoma medio siglo después que Heidegger, radicalizándola, al sostener que el sujeto surge de la escucha, no la precede; que surge de lo que denomina “resonancia”, y que ni siquiera se convierte en algo pleno y autónomo sino en una permanente interacción con lo que percibe. “La escucha se produce al mismo tiempo que el acontecimiento sonoro” (2007:34), afirma, considerando en tal experiencia al tiempo como dimensión fundamental, en línea con lo que alguna vez sostuvieron no sólo Heidegger sino antes de él Agustín de Hipona, Kant y Husserl. El ritmo musical, “el tiempo del tiempo” (p. 38), concretamente, afirma, “pliega el tiempo para darlo al tiempo mismo y, de ese modo, pliega y despliega un sí mismo” (p. 39). Es en el tiempo de lo sonoro en el que alguien se convierte en sujeto, “toda vez que el sonido resuena en él” (p. 39). La idea de resonancia, en este contexto, es clave, porque alude “a la resonancia del ser o al ser como resonancia” (p. 45) y afecta, concretamente, su corporalidad, su entidad física. Es un “cuerpo resonante” el que vibra, y “la sonoridad… no es más que su reverberación” (p. 60 n.7). Insiste Nancy en un aspecto que ya había señalado Heidegger: una experiencia de este tipo no demanda comprensión, decodificación, interpretación intelectual en modo alguno. “La música es el sentido menos el lenguaje” (p. 63 n.8), afirma, es una pura “apertura del sentido… ultrasentido o sentido que va más allá de la significación o la pasa por alto” (p.63). Lo que la música comunicaría, en todo caso, es “lo incomunicable” respecto de lo cual “un sujeto se hace eco” (p. 84). No hay comunicación en el sentido de “transmisión”, sino, de nuevo, revelación de un nuevo sentido, el sentido de ser, de ser, en este caso, un sujeto que escucha.

 

Conclusión

Tal como ha sido propuesto, lo tecnológico en el arte sonoro-musical que viene desarrollándose desde la segunda mitad del siglo veinte no es “medio” sino “condición de posibilidad” e instancia reveladora de algo “real” en tanto “esencial”. Lo tecnológico consiste en el resultado de un accionar humano fruto de una “voluntad” ejercida en tanto acto de libertad. Es el “ser” de lo humano el que se manifiesta a través del arte que surge de la técnica. Es por ello que resulta fundamental entender y aceptar lo que hay, precisamente, de humano en lo tecnológico. Esto no evita, como afirma Ciano Aydin (2021), que lo tecnológico resulte “inquietante” para el humano, a partir de que el “orden tecnológico es ‘otro’ y ‘propio’ al mismo tiempo (p. 300). Moldeamos la tecnología y ella nos moldea, devolviéndonos una imagen de nosotros mismos que, en un punto, puede resultarnos hasta “siniestra”, aunque no sea más que el resultado de nuestra acción.

Nos guste o no, lo aceptemos de buen o mal grado, la tecnología es parte de nuestro “ser” humanos, es por ello que resulta cada vez más difícil, como se ha dicho, seguir sosteniendo las divisiones natural/artificial o humano/maquinal. Y he ahí lo revelador, lo revelador de lo verdaderamente humano en su complejidad, de la estructura ontológica profunda del momento histórico que transitamos.

Bibliografía citada:

 

Aydin, Ciano (2021): “The Technological Uncanny as a Permanent Dimension of Selfhood”, en The Oxford Handbook of Philosophy of Technology, Edited by Shannon Vallor, Oxford: UP, Chapter 15, pp. 299-317

 

Bertorello, Adrián (s/f): “El mundo después del viraje (die Kehre)”, 10 pgs. [mimeo]

 

Chávez-Báez, Román A. (2009): “Muerte del arte y técnica: consideraciones estéticas a propósito de Heidegger”, en Comunicación, tecnología y subjetividad, Francisco Castro Merrifield (coord.), México: Universidad Iberoamericana, pp.49-70

 

García Conde, Gustavo (2009): “Martin Heidegger y la técnica moderna: sentido y alcance”, Tesis de grado en Filosofía, Universidad Nacional Autónoma de México, 147 pgs. [mimeo]

 

Heidegger, Martin (1994): “Serenidad”, en Revista Colombiana de Psicología, n°3, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, pp. 22-28

 

---------------------- (1997): “La pregunta por la técnica”, en Filosofía, ciencia y técnica, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, pp. 111-148  

 

Iturriaga, Constanza (2023): “Reflexiones en torno al desocultamiento propio de la esencia de la técnica moderna y el desocultamiento propio del arte en el pensamiento de Martin Heidegger”, Otrosiglo. Revista de Filosofía, 7 (2), Santiago de Chile, pp.101-135

Nancy, Jean-Luc (2007): A la escucha, Buenos Aires: Amorrortu

 

    



[1] El ingeniero de sonido Max Mathews desarrolla en 1954, para la compañía Bell, el primer programa computacional para la generación de sonido (MUSIC)

[2] En 1958, los compositores Francisco Kröpfl y Fausto Maranca fundan, en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, el Laboratorio de Fonología Musical.

[3] En 1953, el compositor alemán Karlheinz Stockhausen inicia su actividad en el Estudio de Música Electrónica de la Radio Oeste de Colonia (NWDR/WDR). En 1955, los compositores italianos Luciano Berio y Bruno Maderna fundan el Studio di fonología musicale di Radio Milano.

[4] En 1949, los compositores franceses Pierre Schaeffer y Pierre Henry fundan el Groupe de Recherche de Musique Concrète (GRMC).

[5] Aludo con este sintagma a la semiótica de la música propuesta por Jean-Jacques Nattiez a partir de Jean Molino.

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