lunes, 12 de octubre de 2026

La música contemporánea como puesta en crisis ontológica de la noción de signo. De Nattiez a Heidegger

[Ponencia presentada en el XII CONGRESO ARGENTINO DE SEMIÓTICA, Simposio N° 7: “Semiótica de la Música: perspectivas teórico-metodológicas para el estudio de la semiosis musical”, Universidad Nacional de Lanús, agosto 2026]

 

Introducción

Este trabajo intenta repensar las nociones de signo musical y de sentido asociado a él a la luz de ciertas propuestas compositivas surgidas a partir de la segunda mitad del siglo veinte. En concreto, de lo que se trata, es de proponer el pasaje de la idea de representación simbólica, de la semiótica de Jean-Jacques Nattiez, a la de acontecimiento revelador, de la fenomenología hermenéutica que se enmarca en la ontología filosófica de Martin Heidegger.

Aceptando que la denominada “música contemporánea” ha puesto en crisis el concepto tradicional e incluso el concepto moderno de obra a partir de experiencias como la de la indeterminación, la aleatoriedad, la procesualidad, la electroacústica y, más recientemente, el arte sonoro, entendemos que el sonido ya no remite a ningún significado; en todo caso, lo hace acontecer o lo encarna, como afirma Arthur Danto en relación al proceso similar que observa en las artes plásticas a partir de la misma época. Esto significa que la música no comunica, no simboliza, no transmite ni contenido ni información algunos, sino que consiste en un acontecimiento revelador de sí misma y del mundo de sentido cuyo surgimiento posibilita. Así, la obra no es ni estructura ni texto, no expresa nada que esté por detrás, por debajo o por delante de sí misma. La obra es el ente que habilita el des-ocultamiento de eso que Heidegger denomina un “mundo”, una totalidad que no consiste en un mensaje, en una significación concreta, sino en un sentido, en una verdad histórica que habla en el momento concreto de su ocurrir a sus oyentes concretos: verdad no-sustancial, no-intemporal, que surge de la tensión entre aquello de lo que la obra está hecha y lo que se muestra a través de ella, lo que se revela. La dimensión ontológica de la música contemporánea exige, por lo tanto, una transformación de la mirada semiótica que implique, ante todo, la aceptación de que no hay significado del cual apropiarse, no hay nivel neutro que simbolice algo, hay experiencia de un sentido que acontece a partir del aquí y ahora del evento sonoro y que transforma tanto ese presente como reconfigura el pasado e impacta en la expectativa de futuro, no a nivel de vivencia estética individual sino de experiencia histórica colectiva.

 

Límites del nivel neutro de Mondino y Nattiez

La semiótica musical de Nattiez basa su acceso a las dimensiones poiética y estética de la obra en la existencia de una estructura a la que concibe como dimensión neutra, desprendida tanto de la intención del compositor como de la percepción subjetiva del oyente. Esta especie de “huella material” funciona como anclaje óntico de la obra, tanto en cuanto texto destinado a ser objeto de análisis semiótico, como en cuanto a vía de acceso a su realización significativa,  específicamente simbólica.

Lo que efectúa Nattiez es una ampliación de la tripartición propuesta inicialmente por Jean Molino, orientada específicamente al esclarecimiento de las formas simbólicas. El estudio del nivel neutro, en concreto, apunta, como señala Chalida El Idrissi (2017: 3), a “dilucidar el modo de existencia de la forma simbólica como objeto aislado”, asumiéndolo como esa inmanencia que sirve de fundamento a los procesos poiético y estético.

Para Molino, la música existe como “objeto arbitrario aislado” (2011: 113), como “materia sujeta a la forma” (p. 135), y esto es lo que posibilita el “análisis ‘neutro’ del material acústico transcrito” (p. 157) entendido como base de lo simbólico. El mismo Molino reconoce, sin embargo, que esta reducción de lo musical a “sucesión de eventos acústicos” (p. 165), determinados por la existencia de una partitura, comprende exclusivamente a la música occidental, por un lado, y lo hace, concretamente, “desde el siglo dieciséis hasta el diecinueve” (p. 165), por otro.

A pesar de tan clara restricción histórica por parte de Molino, Nattiez persiste en sostener que el nivel neutral consiste en “la realidad material de la obra”, en sus “huellas físicas” (1990: 15)[1], cuyo análisis va en dirección a la comprensión de lo simbólico. Estas “configuraciones inmanentes”, afirma, “se organizan en estructuras o cuasi-estructuras” (p. 15).

Para Nattiez, entonces, existe un objeto “en sí”; una “estructura inmanente” que debe y pide ser estudiada a partir de “los modelos de la lingüística estructural” (p. 29) adaptados al análisis musical. Es claro, en tal sentido, el reconocimiento de que hay un nivel de organización del objeto que permite ser descrito en sí mismo y respecto del cual aparecen los otros dos niveles (poiético y estético) para dar cuenta, como explicaciones derivadas de los datos que proporciona dicho nivel neutral, de lo musical como fenómeno simbólico.

Como se adelantó, lo que se intenta sostener en este trabajo es que el anclaje óntico que establece el nivel neutral para Nattiez hace crisis frente a prácticas musicales que se dan a partir de cierto momento del siglo veinte, prácticas en las que no existe una huella susceptible de ser delimitada como “texto”.

Dos obras de John Cage resultan ejemplos paradigmáticos en este sentido. En primer lugar, la inaugural 4’33’’, de 1952, en la que -pese a que existe una partitura escrita-, no puede identificarse un nivel independiente de la situación de escucha. No hay materia sonora codificada que preceda o pre-exista a la realización de la obra. Lo sonoro acontece a su alrededor, dado que está hecha de silencio, en cada una de sus ocurrencias, siempre distintas e inefables en sus rasgos particulares.

En segundo término, el Concierto para piano y orquesta, de 1958, en el que también hay una partitura, aunque esta no consista más que en la presentación de un conjunto de opciones sonoras a llevar a cabo por los ejecutantes en la propia performance.

Ambos casos nos enfrentan con la ausencia de un objeto ónticamente estable. No queda, de estas obras, más que registro a posteriori de un modo de aparición, de un acontecer, irrepetibles.

Estamos, entonces, frente a propuestas que han abierto el camino a una pura experiencia en situación, un puro acontecer, dejando de lado todo signo musical estable que remita a alguna clase de significación.

 

Dimensión ontológica de la obra para Heidegger

En la primera versión del ensayo sobre el origen de la obra de arte, Heidegger propone a la obra como objeto cuya naturaleza consiste en un híbrido entre cosa y artefacto, hibridación que da como resultado una tercera instancia, distinta de ambos que, en tanto ente autorreferencial, establece su propia ontología.

Esto ocurre, en la filosofía heideggeriana, después del denominado “viraje” que consiste, básicamente, como afirma Adrián Bertorello (s/f), en el pasaje del Dasein al Ereignis como idea ordenadora. El Dasein, esa instancia en la que el ser se manifiesta, consiste en una figura antropológica a partir de la cual es comprendido el “mundo” como horizonte de sentido pragmático e histórico. El Ereignis, en cambio, consiste en un espacio de manifestación de un “mundo” respecto del cual el hombre ya no es iniciador, fundamento, sino respecto del cual pasa a tomar conciencia de ser partícipe. Se trata de un acontecimiento, un suceso, un evento que es vivido y experimentado como totalidad de significado.

Lo más importante del viraje radica, entonces, en que la noción de ser adquiere connotaciones progresivamente impersonales respecto del esquema planteado inicialmente a partir del Dasein como centro. La idea de acontecimiento da pie a la mostración y revelación de una verdad histórica, situada, fundamentalmente a través de la obra de arte, que deja de ser entendida como ente estético, historiográfico e, incluso, semiótico. La obra de arte funda, abre un espacio de sentido a partir del vínculo internamente dialéctico que en ella se da entre lo que se abre, un “mundo”, y lo que se cierra, una “tierra”. La obra construye y expone, así, una totalidad de significados, una red significativa; manifiesta una verdad histórica no sustancial a partir de su materialidad, de aquello de lo que está hecha, materialidad liberada de cualquier función práctica, utilitaria, incluso de la de significar algo; liberación que garantiza, por un lado, la imposibilidad de mostración plena de significación y, al mismo tiempo, la inagotabilidad de sus posibilidades de apertura hacia momentos históricos futuros.

Es importante señalar, en este punto, que la verdad de la obra no se capta, sino que se asiste a su acontecer. Se trata de una vivencia fenomenológica, puramente pragmática, una vivencia perceptiva de la verdad que acontece como experiencia de totalidad, es decir, no por acumulación de cualidades sensibles ni capas de fundamentación lógica.

Es claro, a partir de tal concepción, que la obra no transmite ni mensajes ni contenidos, ni es soporte para algo que ocurra o vaya a ocurrir más allá de sí misma. Afirma en tal sentido Heidegger que “aquello en donde la obra ‘hace efecto’, destacando hacia lo abierto, no es nunca algo que esté-ahí, donde deba llegar como a un receptor” (2006: 15-16). No hay, en ella, así, ningún nivel neutro, material, a la manera del significante saussureano, que de pie a significados o dimensiones otras de sí misma.

Lo que la obra de arte propone, para Heidegger, es una experiencia única y total, una experiencia de escucha de aquello que la obra tiene tanto para decir como para callar, el des-ocultamiento de ese mundo que hace acontecer como verdad situada, como, en sus propias palabras, “centro abridor… del Da-sein histórico” (p. 25).

No se trata de un mensaje, ni de una significación particular. Se trata de un sentido global, algo así como un diagnóstico revelador de un entorno, de una época, la manifestación o puesta en evidencia de condiciones, de marcos, de presupuestos tanto de enunciación como de lectura de un contexto histórico determinado, que es siempre el del presente de su acontecer. Como afirma Mateo Belgrano, la experiencia de la obra de arte, para Heidegger, “le permite al hombre tener un nuevo significado de las cosas… de la existencia humana” (2020: 27).

Al percibir el “mundo” que la obra permite que surja se percibe también el a-priori histórico que funciona como su condición de posibilidad. “Lo mundano” como marco de sentido del ser pone en evidencia la red significativa global e histórica en la que está anclado, red que permite que los entes se muestren significativamente en relación a él.

Con relación a la música, la aceptación de semejante paradigma implica alejarse de la idea de que el sonido consiste en algo que puede significar o simbolizar. El sentido de lo que suena, si acontece, se revela en el propio sonar, proporcionando al oyente no una experiencia semiótica sino ontológica, reconfiguradora, de resignificación de su lugar y del momento histórico que habita y que transita.

Frente a una obra como Rothko Chapel, por ejemplo, compuesta por Morton Feldman en 1971, queda claro que no estamos frente a una propuesta puramente musical, cuya dimensión sonora, discursiva, pueda ser disociada, analizada en términos de “neutralidad”, respecto del espacio arquitectónico en el que ocurre y las intenciones espirituales que hacen del sonido el vehículo para una experiencia trascendente.

Del mismo modo y del mismo autor, Para Philip Gustón, de 1984, enfatizando la duración como elemento central, se constituye en el acontecer de su propio ser, devela su esencia mientras ocurre, en el largo durar del sonar mismo.

 

El rol de la tecnología

Si hay algo relevante, clave, para sustentar el argumento del pasaje de la obra musical contemporánea de entidad semiótica a acontecer ontológico, lo es la consideración de la herramienta tecnológica que, a partir de la segunda mitad del siglo veinte, dio pie a numerosas líneas productivas. En la denominada genéricamente “música por tecnología” es posible incluir a la música concreta, la electrónica, la electroacústica, la acusmática y, más recientemente, el arte sonoro. En ella, el dispositivo tecnológico no es un mero medio, sino, como afirma el propio Heidegger, “un modo del desocultar” (1997: 121) que, como ya se ha señalado, es responsable del acontecer de una verdad.

Ya con relación al primero de los Cinco estudios de ruido, el Estudio sobre los ferrocarriles, compuesto por Pierre Schaeffer en 1948, es posible afirmar que el objetivo del trabajo no es establecer una relación de representación con el referente extramusical sino, por el contrario y precisamente, la de suspender dicha relación, la de anular cualquier función significante para que esos sonidos, elaborados a partir de técnicas de registro y edición, acontezcan como fenómeno musical en sí mismo y resignifiquen el aquí y ahora de la escucha a partir de su potencia reveladora.

Lo mismo puede afirmarse con relación a Bohor, compuesta por Iannis Xenakis en 1962, obra en la que el material sonoro grabado y procesado electrónicamente es desprendido de toda referencialidad particular para ser puesto en funcionamiento como conjunto, como masa sonora que propone al oyente no la captación de una significación específica sino la inmersión en una experiencia de escucha cuyo sentido surgirá sólo a partir de ella misma. El propio compositor propuso el de la locura como uno de los posibles “mundos” a los que la obra les permite aparecer progresivamente.

Muestra clara del límite del paradigma semiótico lo es, sin duda, la obra Estoy sentado en una habitación (I am sitting in a room), compuesta por Alvin Lucier en 1969, en la que el proceso técnico elimina progresivamente la semántica lingüística para dejar hablar al espacio mismo. No niega el sentido, sino que lo desplaza hacia el acontecer.[2]

Más cerca en el tiempo, el arte sonoro proporciona numerosos ejemplos en los cuales el “nivel neutro” de la semiótica musical de Nattiez se vuelve problemático, abriendo paso a un acontecer significativo en términos ontológicos.

En Times Square de Max Neuhaus, instalada originalmente entre 1977 y 1992, reinstalada desde 2002, no existe una obra delimitada ni un tiempo de ejecución identificable: el sonido se integra al espacio urbano y se imbrica con la cotidianeidad de los transeúntes, funcionando como una posibilidad siempre abierta una experiencia disruptiva. Algo similar ocurre con Puente armónico (Harmonic Bridge), mapeo sonoro del puente peatonal del Milenio de Londres, devenido escultura sonora montada en el Tate Modern de la misma ciudad, diseñados por Bill Fontana en 2006, que convierten una estructura arquitectónica de circulación pública en fuente musical a partir, justamente, del tránsito que tiene lugar en ella. No hay aquí texto ni estructura previa al acontecer de la obra, hecha de sonido “vivo” que interactúa “en vivo” con el público.

En Paseos eléctricos (Electrical Walks), obra en proceso de Christina Kubisch iniciada en 2004, el dispositivo técnico revela campos electromagnéticos normalmente inaudibles, produciendo un desocultamiento literal de un mundo sonoro oculto con rasgos musicales muy concretos (fundamentalmente rítmicos y armónicos).

En todos estos casos, el sentido emerge de la co-pertenencia entre materialidad, espacio, escucha y dispositivo tecnológico, y no puede reducirse a un único sistema de signos.

 

El rol de la escucha

El cambio decisivo impulsado por las obras mencionadas hasta el momento, a las que podrían agregarse la Trilogía de la Muerte (Trilogie de la Mort), compuesta por Éliane Radigue entre 1985 y 1993, y Escucha profunda (Deep Listening), propuesta por Pauline Oliveros, Stuart Dempster y Panaiotis a partir de 1988, es, justamente, el del rol de la escucha. El pasaje del paradigma interpretativo hacia la experiencia ontológica involucra una disposición específica de escucha que no apunta al desciframiento de ninguna clase de código sino a dedicar la máxima atención al acontecer sonoro. Se trata de una escucha contemplativa, no analítica, una escucha entregada a dejar que el sonido sea, se constituya en el tiempo y en el espacio, para experimentarlo como ese acontecimiento que posibilita un des-ocultamiento. El sentido, así, no surge de la obra como ente neutro sino que emerge de la situación en la que tiempo, espacio, sonido, técnica y cuerpo/sujeto convergen e interactúan.

El eje de esta experiencia, la de entregarse a lo sonoro en lugar de intentar descifrarlo, lo introduce Heidegger en una conferencia que dicta en 1955 en honor del compositor Conradin Kreutzer (1780-1849), titulada “Serenidad”. Lo que el filósofo alemán propone, concretamente, es dejar de ver las cosas “desde el solo aspecto técnico” cuya complejidad, reconoce, además, se nos escapa, dado que “en toda ocasión hay en el mundo técnico un sentido oculto… que se nos esconde”. A partir de ello, propone asumir la que denomina “apertura al misterio”, que garantiza “permanecer en el mundo de un modo diferente”, como si pasáramos a pisar “un nuevo suelo” (1994: 27). Esto implica dejar de lado el pensamiento calculador para dar lugar al meditar que aparece, desde su punto de vista, como “lo más humano” (1994: 28), en tanto aquello que permite poder “estar y perdurar fuera de peligro en medio del mundo técnico” (1994: 27).

Medio siglo después, es Jean-Luc Nancy, en A la escucha (2007), quien insiste en el aspecto central que había señalado Heidegger: experiencias musicales como las mencionadas no demandan comprensión, decodificación, interpretación intelectual en modo alguno. “La música es el sentido menos el lenguaje” (p. 63 n.8), afirma Nancy, es una pura “apertura del sentido… ultrasentido o sentido que va más allá de la significación o la pasa por alto” (p.63). Lo que la música comunicaría, en todo caso, es “lo incomunicable” respecto de lo cual “un sujeto se hace eco” (p. 84). No hay comunicación en el sentido de “transmisión”, sino, de nuevo, revelación de un nuevo sentido, el sentido de ser, de ser, en este caso, un sujeto que escucha.

 

Conclusión

Lo que se ha intentado demostrar es que ciertas propuestas de música contemporánea llevan a la semiótica a un límite, a su propio límite interpretativo. La concepción heideggeriana de la obra de arte como propiciadora del acontecer de una revelación aparece más de acuerdo con propuestas musicales que desarticulan, puntualmente, la tripartición propuesta por Molino y Nattiez, en particular la idea de que en la música exista un nivel neutro susceptible de ser analizado con los métodos y a la manera del objeto de la lingüística. Las obras propuestas como ejemplo, observadas desde una perspectiva fenomenológico-hermenéutica que pone el acento en la dimensión ontológica, muestran que no hay más acá ni más allá del puro acontecer, del aquí y ahora en el que la obra se incrusta en la trama de coordenadas, objetivas y subjetivas, en la que tiene lugar la escucha, abriendo a partir de ella un mundo de sentido, mundo que es transparente y opaco al mismo tiempo, que involucra y relaciona a los existentes (humanos y cósicos) que comparten ese momento histórico. 

 

 

 

Bibliografía citada

 

Belgrano, Mateo (2020): “Luis Juan Guerrero lector de El origen de la obra de arte de Martin Heidegger en Estética operatoria en sus tres direcciones, Tomo I (1956). Apropiaciones y distanciamientos del pensamiento heideggeriano”, Tesis de Maestría en Historia del Arte Argentino y Latinoamericano, Universidad Nacional de San Martín, mimeo, 124 pgs.

 

Bertorello, Adrián (s/f): “El mundo después del viraje (die Kehre)”, mimeo, 10 pgs.

 

Chahida El IDRISSI (2017): “Niveaux d’analyse et situations d’analyse selon Molino et Nattiez”, dans Louis Hébert (dir.), https://www.signosemio.com/pages/molino-nattiez/niveaux-analyse.pdf, Signo [en ligne], Rimouski (Québec)

 

Heidegger, Martin (1994): “Serenidad”, en Revista Colombiana de Psicología, n°3, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, pp. 22-28

--------------------- (1997): “La pregunta por la técnica”, en Filosofía, ciencia y técnica, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, pp. 111-148 

--------------------- (2006): “Del origen de la obra de arte. Primera versión”, en Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, 115: 11-34

 

Molino, Jean (2011): “El hecho musical y la semiología de la música”, en Reflexiones sobre Semiología Musical, Susana González Aktories y Gonzalo Camacho Díaz (coords.), México: UNAM-Escuela Nacional de Música, pp. 112-172

 

Nancy, Jean-Luc (2007): A la escucha, Buenos Aires: Amorrortu

 

Nattiez, Jean-Jacques (1990): Music and Discourse. Toward a Semiology of Music, Princeton: University Press

 

 



[1] Traducción propia.

[2] El propio texto sobre el que la obra trabaja señala: “Estoy grabando el sonido de mi voz al hablar y lo voy a reproducir de nuevo en la habitación una y otra vez hasta que las frecuencias de resonancia de la sala se refuercen a sí mismas de manera que cualquier apariencia de mi discurso, tal vez con la excepción del ritmo, se destruya”.

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