lunes, 12 de octubre de 2026

El papel de la “confianza” en el juicio estético del arte contemporáneo

 [Publicado en Τάξις. Revista de Filosofía, Doctorado en Filosofía, Departamento de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Lanús, ISSN 2718-8892, volumen 10, pp. 14-19]


Introducción

El presente trabajo parte de esa aparentemente sencilla propuesta que Sócrates hace a Teeteto: “intenta decir qué es realmente el saber”[2], aunque en este caso la cuestión no se establecerá en el terreno del conocimiento en general sino en el del campo estético, más específicamente con relación al problema que el arte contemporáneo plantea tanto a la filosofía como a la teoría del arte desde su aparición[3]: ¿cómo saber si algo es o no una obra de arte? Es en este sentido que pondremos en diálogo con Platón al filósofo francés Marc Jimenez (1943-2023) quien, en el trabajo titulado La querella del arte contemporáneo, parte de la evidencia de que el arte contemporáneo ha puesto en cuestión tanto el orden del arte como el de lo real, a partir de la “descomposición de los sistemas de referencia”[4] que ha llevado a cabo, lo que ha ocasionado, entre otras cosas, que hayan “desaparecido los códigos tradicionales de representación o de percepción”[5]. Esta doble crisis provoca en el presente, según Jimenez, entre otras cosas, que sea “una red de expertos y de quienes deciden en las instituciones”[6] quienes ejerzan la potestad de reconocer un objeto (cualquier objeto o acción) como objeto o acción artística, singularizándolo y colocándolo en una categoría existencial que no es la de los objetos banales, a partir de su discurso[7].

Lo que destacaremos, en la puesta en relación de ambos autores, es el papel que la confianza -asimilable al de creencia con valor de verdad-, adquiere al provocar que un discurso, reconocido como voz autorizada, derive en acciones concretas, como la de atribuir condición de obra de arte a un objeto aparentemente cotidiano o, incluso, la de pagar un alto precio por él.

 


Desarrollo

 

La confianza en Teeteto

Lo primero que hay que señalar con relación a este diálogo de Platón, posterior a su período de madurez, es que se trata de un diálogo dentro de un diálogo, es decir, de una estructura literaria en la que de lo central, de lo más importante, no hay experiencia directa sino reconstrucción mediada por una palabra que lo refiere. La conversación entre Euclides y Terpsión enmarca la lectura, por parte de un esclavo del primero, de la transcripción esforzada que el mismo Euclides ha llevado a cabo durante largo tiempo de una conversación que le fuera, a su vez, referida por Sócrates: su diálogo con Teeteto, un joven matemático, y con Teodoro, geómetra. Tenemos ya aquí una primera manifestación de la relevancia de la “confianza” en relación con lo que se sabe o se cree saber acerca de algo: en ella se basa la creencia en la verdad del testimonio que se presta y se recibe. Eso que Platón propondrá vía Sócrates como la hipótesis más fuerte acerca de lo que significa conocer –a pesar del callejón sin salida en el que desemboca el razonamiento completo-, dado que posee consecuencias prácticas bien concretas –una absolución o una condena por parte de un juez, por ejemplo-, está en la forma, en la estructura del texto a través del cual se despliega. Platón da forma poética, ficcional, dramática, a su texto para enunciar, entonces, no sólo a nivel del contenido: si es imposible conocer lo real, y lo real sólo puede manifestarse en forma de discurso, hacer discurso es hacer realidad algo. Las críticas y las condenas propuestas en República contra esos fabricantes de imágenes de imágenes, de esas realidades doblemente falsas, parecen haber quedado atrás.

El segundo artificio formal que merece ser destacado es que Sócrates debate con un geómetra y un matemático, supuestos “conocedores” ubicados un paso más allá de la “creencia” que, según el paradigma de la línea, es la capacidad de conocimiento que se vincula con el mundo material. El saber geométrico-matemático implicaba, en sus textos de madurez, un primer nivel de acceso al conocimiento del mundo ideal, es decir, verdadero. El diálogo, sin embargo, desemboca en un final aporético, a la manera de sus primeras obras, con Sócrates despidiéndose de Teeteto elogiando, apenas, el hecho de que sea consciente de que sabe menos de lo que creía saber al principio, lo cual lo hace, por lo menos, mejor persona[8]. Podría pensarse, entonces, en este diálogo como en una dramatización personificada de aquella teoría que parece haber caído en desgracia.

Con respecto a la estructura argumentativa del diálogo, esta se organiza en tres partes, cada una de ellas dedicada a refutar que la idea de conocimiento pueda ser identificada con percepción, la primera, con creencia verdadera, la segunda, y con creencia verdadera justificada racionalmente la tercera.

La discusión alrededor de la percepción es muy interesante porque las referencias no se despegan de la realidad material como ámbito de incumbencia, lo que da cuenta de que la dimensión ideal ha quedado por lo menos relegada del interés reflexivo de Platón en este diálogo tardío. Sócrates rechaza el argumento de que conocimiento implique percepción de algo porque tal facultad no puede dar cuenta ni de las esencias ni de los aspectos particulares de una cosa. Es por ello necesario, plantea, que la inteligencia trascienda la percepción sensorial y opere mediante el razonamiento y la reflexión. A lo largo de esta primera parte de la discusión se rechazan explícitamente dos teorías: la de Protágoras, basada en la idea de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, por relativista, y la de Heráclito, que sostiene que “lo único que existe es el cambio, el movimiento”, por la imposibilidad de predicar existencia y cualidades de lo que es puro devenir, respecto de lo cual, afirma Sócrates, “da igual decir que las cosas son así o no son así”[9]. En conclusión, la percepción provoca una “creencia” u “opinión” en la que no puede confiarse en términos de conocimiento válido, razón por la cual informa Sócrates a Teeteto, “la percepción y el saber nunca podrán ser una misma cosa”[10].

El debate en torno al conocimiento como creencia parte de una concesión: el conocimiento puede ser creencia, pero no una de cualquier clase. Esto establece un claro distanciamiento respecto de la separación tajante que, entre “dóxa” y “epistéme”, dominaba en la etapa de madurez. Hay, así, en principio, dos clases de creencia: verdadera y falsa, aunque rápidamente se establece que una creencia falsa acerca de algo es imposible: se cree o no se cree que se conoce algo, no se cree en lo que no se conoce[11]. Igualmente equivocado, se establece, es creer que una cosa es otra cosa, haciendo referencia al fenómeno denominado por Platón allodoxía u “opinión errónea”[12], “que se produce cuando alguien confunde en su pensamiento dos cosas, ambas existentes, y dice que la una es la otra”[13].

Es notable el enorme esfuerzo que Sócrates dedica a definir las particularidades de la creencia, es decir, no la descarta rápidamente sino que se ocupa de ella como si le reconociera cierta legitimidad basada en su evidencia material.

Esta parte del diálogo llega a su punto conclusivo después de un desvío en el que Sócrates despliega para sus interlocutores dos metáforas del conocimiento. La primera, la del alma como un “bloque de cera” en el que las percepciones y los pensamientos van dejando su huella, que viene a reafirmar que no puede haber conocimiento y no-conocimiento acerca de algo, dado que lo que no se conoce no deja ninguna huella[14]. La segunda, la del alma como un “palomar”, a través de la cual desarrolla la diferencia entre “poseer” y “tener” para establecer que hay que llegar a “tener” conocimiento, lo cual implica que se puede no conocer o conocer mal lo que se posee, aunque esto no consista en una creencia falsa[15]. La conclusión apunta, a partir de todo ello, a que dado que no puede haber creencia falsa, toda creencia es verdadera, aunque no pueda ser considerada conocimiento, dado que puede haber creencias no confiables. Y es en este punto en el que entra en consideración y adquiere valor la dimensión pragmática y argumentativa del discurso[16], a través del ejemplo de los jueces que juzgan “de oídas y adquieren una opinión verdadera”[17], es decir, emiten fallos a partir de creencias que adquieren mediante la persuasión de abogados y del testimonio de los testigos, pero sin tener conocimiento, dado que sería imposible que lo tuvieran en cada caso que juzgan. La aprehensión directa de los hechos sólo está en poder de los testigos, quienes los han vivido y experimentado.

Esto es lo que más nos interesa en función del objetivo del presente trabajo. Una creencia en la que se confía, a pesar de que no pueda demostrarse que es irrefutablemente cierta y verdadera, produce efectos prácticos como si lo fuera. El juez confía en el testimonio de los testigos y se deja persuadir, porque confía, por el argumento de los abogados, y produce un enunciado (fallo o sentencia) que se traduce en hechos concretos que pueden llegar, en algunos contextos, al extremo de definir si alguien merece o no seguir viviendo.

La tercera parte del diálogo discute un argumento complementario al anterior, que pretende justificar que una opinión o creencia es verdadera y asimilable al saber y al conocimiento en tanto esté, como afirma Teeteto, “acompañada de una explicación”[18]. Sócrates se dedica, a partir de ello, a desacreditar distintas modalidades de “justificación racional” como garante de lo cognoscitivo en la opinión verdadera, a saber: expresar el pensamiento en palabras, pretender acceder al todo mediante la suma de las partes o señalar en la cosa lo que la distingue de las demás.

En definitiva, la respuesta que surge del final del diálogo a la pregunta inicial es absolutamente negativa, dado que “el saber no sería ni percepción, ni opinión verdadera, ni explicación acompañada de opinión verdadera”[19]. Es por ello que Sócrates invita a Teeteto a seguir investigando.

 

La confianza en la teoría del arte contemporáneo

Ya desde el título mismo, La querella del arte contemporáneo, el trabajo de Marc Jimenez alude a una dimensión jurídica en la que van a confrontarse creencias y opiniones con carácter de testimonios en los que se podrá confiar o no,  es decir, a los cuales se les atribuirá o no valor de verdad en función de la confianza que generen. Como señala el autor, “etimológicamente, una querella significa ‘queja ante la justicia’”[20]. Es decir, comprende una demanda ante una autoridad que se verá obligada a decidir, a fallar. La autoridad, en el caso del arte, es lo que se conoce como la “institución arte”, definida por Peter Bürger como “tanto el aparato de producción y distribución… como las ideas que sobre el arte dominan una época dada y que determinan esencialmente la recepción de las obras”[21]. El arte contemporáneo pone a dicha autoridad, según Jimenez, en una situación inédita, dado que su “querella… demuestra ser de una naturaleza completamente diferente de las disputas y controversias del pasado”[22]. Y esto debido a que la ruptura que lleva a cabo no es de índole puramente estética sino que va más allá, llegando incluso hasta la dimensión ontológica del objeto artístico. Desde Duchamp, como antecedente inevitable, y luego a partir de Warhol, lo que el arte contemporáneo pone en crisis es, según Jimenez, “la frontera entre el arte y el no-arte… entre el arte y la realidad cotidiana”[23], crisis que abarca no sólo la definición de la disciplina sino la de su producto –la obra- y la de su agente de producción –el artista-, lo que ocasiona, como rasgo más relevante a los fines del tema del presente trabajo, que el público prácticamente ignore las reglas del juego, que han pasado a ser “propiedad exclusiva de una red de expertos y de quienes deciden en las instituciones o en los centros privados”[24]. Y en ello radica el factor clave. La definición de arte, de obra de arte y de artista, en el arte contemporáneo, es resultado de una decisión, de un juicio basado en evidencias y también en intereses de distinta índole. Como señala Jimenez, esta situación obliga a la crítica a asumir una tarea pre-crítica, que es la de “establecer una línea divisoria entre el arte y el no-arte”[25]. El problema es que ya no hay normas o criterios objetivos a aplicar. El arte contemporáneo es, en lo fundamental, un arte que se caracteriza por la diversidad y la dispersión de formas, materiales, objetos, y acciones, y viene a demostrar, en la práctica, la inexistencia de “una esencia universal e intemporal del arte”[26]. Frente a esto, Jimenez reivindica la proposición de un nuevo paradigma interpretativo por parte de la filosofía analítica y pragmática anglosajona de Nelson Goodman y Arthur Danto. De este último, en particular, reconoce el valor de postular lo que denomina el “mundo del arte” –concepto bastante cercano al de “institución arte” de Bürger ya aludido-, como esa instancia que mediante su sanción positiva otorga reconocimiento a un artista o a una obra y abre el camino a su reconocimiento por parte del público[27]. Y aquí radica el trastocamiento del juicio estético en juicio de conocimiento. El experto o conjunto de expertos asumen la potestad de establecer si algo “es” a partir de una serie de creencias u opiniones en las que confían, esperando a su vez que sus decisiones sean igual de confiables para el público, lo que vendrá a cerrar el círculo del reconocimiento.  

Una posición como la de Danto, señala Jimenez, apuesta por una definición discursiva y sociohistóricamente situada[28] del arte. Con relación a la confianza, específicamente, se establece en el proceso de “enjuiciamiento” una cadena que empieza por el artista quien, en función de un proyecto creador entroncado en una historia y una teoría del arte, propone un objeto en el que espera que los críticos, en primer término, y luego el público, a partir de la injerencia de aquél, también confíen. Y, lo más importante, es que no se trata de juicios acerca del valor sino del estatuto de existencial del objeto, juicios que apuntan a afirmar que algo “es” una obra de arte, más allá de que aparentemente sea otra cosa. Así, el arte contemporáneo, partiendo de la abolición de todo a priori acerca de las cualidades o características que una obra de arte debe poseer, otorga a la filosofía la potestad de su definición[29], del reconocimiento de esa “transfiguración” que el arte opera sobre objetos aparentemente banales o cotidianos. El arte pasa a ser lo que una voz autorizada y confiable dice que es el arte. Como afirma Danto, “lo que hace al final la diferencia es una teoría del arte” que incorpora la obra al “mundo” del arte mediante expertiz, autoridad y habilitación histórica[30].

 

Conclusión

El problema, entonces, es la justificación de la definición, que es lo que hace que la Estética pase a ser, así, teoría del conocimiento, teoría de lo real. Si retomamos, a partir de todo lo anterior, la pregunta socrática ¿cómo es posible conocer? y, a partir de ella, nos preguntamos ¿cómo es posible saber si algo es o no una obra de arte?, al  situamos en la hipótesis de la creencia verdadera nos encontramos con un encadenamiento del tipo discurso-acción basado en la confianza que se otorga al primero en dos instancias sucesivas: en primer lugar, el crítico/teórico del arte confía, cree en la palabra del artista acerca de que el producto de su acción es una obra de arte, y esa sanción positiva derivará en su propio discurso legitimador, en primer término, y en consecuencias prácticas vinculadas con el emplazamiento de la obra como tal, a posteriori; en segundo término, el espectador del arte contemporáneo, por su parte, confía, cree en la palabra del crítico/teórico de arte que devela, da entidad, establece la obra de arte como tal. Esa aceptación, la aceptación de esa palabra, tendrá consecuencias que serán también discursivas (juicios de valor) y prácticas (pago de una entrada, adquisición de la obra, etc.).

Ahora, ¿qué sucede cuando el público no confía o desconoce el juicio de la teoría o de la crítica? Podríamos remitirnos, entre otros tantos, a lo ocurrido en 2015 en el Museo Bolzano de Milán, en el que se exponía la instalación titulada ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, de Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, hecha con desperdicios de una fiesta (botellas, restos de comida, etc.). Después del cierre de una jornada de exhibición, una empleada de limpieza no enterada de la índole de la propuesta, cumpliendo con su tarea, tiró, literalmente, la obra a la basura. Esto viene a demostrar que las obras de arte contemporáneo hechas de o a partir de objetos banales “transfigurados” en artísticos, para mantener la denominación de Danto, no son evidentes ni de reconocimiento inmediato, y aunque la curaduría del museo haya confiado en la creencia u opinión de las artistas, la empleada de limpieza, al no haber recibido ningún discurso legitimador que le permitiera participar de la misma creencia, es decir, obtener el mismo tipo de convencimiento, ha actuado en consecuencia.

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Imágenes del antes y el después de la “limpieza” de la sala.

Podríamos afirmar, retomando al Sócrates del Teeteto, que con relación a la obra de arte contemporáneo es muy difícil caer en allodoxía, es decir, es un camino arduo el convencer a alguien de que eso que es aparentemente una cosa es, en realidad, esa otra cosa que pretende ser. 

En este sentido, es muy claro también que en la experiencia del arte contemporáneo la percepción se vuelve prácticamente irrelevante en términos de conocimiento o de herramienta de definición de si algo es o no una obra.

Se trata de conceptos, de ideas, de argumentos, de discursos que logran imponerse, ser aceptados y, a partir de ello, imponer realidades a pesar o más allá de las evidencias materiales.

 

Bibliografía citada

Bürger, Peter (1987): Teoría de la vanguardia, Barcelona: Península

Danto, Arthur C. (1964): “El mundo del arte”, en Disputatio. Philosophical Research Bulletin 3 (2013), Salamanca-Madrid, trad. Jorge Roaro, pp. 53-71

Jimenez, Marc (2005): La querella del arte contemporáneo, Buenos Aires-Madrid: Amorrortu, 2005

Platón: “Teeteto”, en Diálogos, Madrid: Gredos, 1988, V, traducción Álvaro Vallejo Campos



[1] Producto del primer año de la investigación titulada “Discurso, realidad y acción: el despertar de una problemática”, radicada en el Centro de Investigaciones Éticas “Dr. Ricardo Maliandi” del Departamento de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Lanús, y dirigida por la Dra. Marisa Divenosa (2024-2026).

[2] Platón: “Teeteto”, en Diálogos, Madrid: Gredos, 1988, V, p.192

[3] Arthur Danto establece que la Brillo Box de Andy Warhol marca su inicio, en 1964.

[4] Marc Jimenez: La querella del arte contemporáneo, Buenos Aires-Madrid: Amorrortu, 2005, p.21

[5] Op. cit., pp.23-24

[6] Op. cit., p.25

[7] Op. cit., p.27

[8] “después de esto… tendrás la sensatez de no creer que sabes lo que ignoras”, en Platón, op. cit., p.316 [210d]

[9] Platón, op. cit., p.258 [183a]

[10] Platón, op. cit., p.266 [186e]

[11] “el que conoce algo no puede confundirlo con lo que no conoce, ni lo que no conoce con lo que conoce”, Platón, op. cit., p.269 [188c]

[12] Según la traducción de Álvaro Vallejo Campos.

[13] Platón, op. cit., p.271 [189c]

[14] Platón, op. cit., p.275 en adelante [desde191a]

[15] Platón, op. cit., p.287 en adelante [desde197a]

[16] Sócrates hace referencia aquí “a los que llaman oradores y abogados” p.295 [201a]

[17] Platón, op. cit., p.296 [201b-c]

[18] Platón, op. cit., p.296 [201d]

[19] Platón, op. cit., p.316 [210b]

[20] Marc Jimenez, La querella del arte contemporáneo, Buenos Aires: Amorrortu, 2010, p.18

[21] Peter Bürger, Teoría de la vanguardia, Barcelona: Península, 1987, p.62

[22] Jimenez, op. cit., p.20

[23] Jimenez, op. cit., p.22

[24] Jimenez, op. cit., p.25

[25] Jimenez, op. cit., p.28

[26] Jimenez, op. cit., p.31

[27] Jimenez, op. cit., pp.31-32

[28] Jimenez, op. cit., p.197

[29] Jimenez, op. cit., p.205

[30] Arthur C. Danto, “El mundo del arte” [1964], en Disputatio. Philosophical Research Bulletin 3 (2013), Salamanca-Madrid, trad. Jorge Roaro, pp. 53-71 

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