lunes, 12 de octubre de 2026

Agustín de Hipona y La Música: Entre el Cielo de la Razón y el Infierno del Cuerpo

[Publicado en Epistemus. Revista de estudios en Música, Cognición y Cultura, Universidad Nacional de La Plata, e-ISSN 1853-0494, 2025] 


Resumen

Partiendo del supuesto de que, para el pensamiento cristiano medieval temprano, la música conlleva una dualidad dada entre lo que representa como medio de elevación espiritual -lo cual implica entenderla como armonía de elementos discordantes-, por un lado, y lo que la asocia a un goce sensual de corte quasi diabólico, por otro, me propongo efectuar un recorrido de lecturas acerca de esta relación problemática en la obra de Agustín de Hipona. Voy a enmarcar dicha cuestión relevando previamente el lugar de la música en el pensamiento cristiano temprano, su resignificación en tanto parte de las artes liberales, y la concepción agustiniana de la música, que hace de ella una ciencia básicamente numérica, matemática, lo cual determina, a su vez, la relación que establece entre el alma y la percepción sensible, por un lado, y entre el canto y aquello que se canta, por otro, fuente de la percepción del placer como riesgo, como peligro inminente.

 

Palabras clave: Agustín , música, dualidad, espíritu, cuerpo.

 

Introducción

Partiendo del supuesto de que, para el pensamiento cristiano medieval temprano, la música conlleva una dualidad dada entre lo que representa como medio de elevación espiritual -lo cual implica entenderla como armonía de elementos discordantes-, por un lado, y lo que la asocia a un goce sensual de corte quasi diabólico, por otro, me propongo efectuar un recorrido de lecturas acerca de esta relación problemática en la obra de Agustín de Hipona. Voy a enmarcar dicha cuestión relevando previamente el lugar de la música en el pensamiento cristiano temprano, su resignificación en tanto parte de las artes liberales, y la concepción agustiniana de la música, que hace de ella una ciencia básicamente numérica, matemática, lo cual determina, a su vez, la relación que establece entre el alma y la percepción sensible, por un lado, y entre el canto y aquello que se canta, por otro, fuente de la percepción del placer como riesgo, como peligro inminente.

 

La música para el pensamiento cristiano temprano

Lo primero que hay que señalar es que el canto que se admite y se adopta, tanto en la iglesia como en el monasterio, no se considera una actividad estrictamente musical sino el medio para distinguir la palabra sagrada del habla, de la enunciación cotidiana, práctica que, como afirma Caldwell (1991), tiene su fundamento en la práctica de la sinagoga judía, en la que la “cantilación”[1] de lecturas y plegarias y el canto de los salmos sin acompañamiento constituyen el núcleo del repertorio que será resignificadoen la etapa inicial de la práctica religiosa cristiana. Dicha resignificación tiene que ver, fundamentalmente, como señala Bukofzer (1942), con que la música deja de ser considerada un medio de educación –como lo era para la tradición clásica-, y pasa a ser considerada un instrumento de perfección espiritual, y esto a partir de su vínculo con la armonía de los planetas en tanto evidencia o imagen de la armonía divina (Fubini, 2005). Este trasfondo pitagórico, numérico, resulta decisivo a la hora de la valoración de lo musical en la primera parte de la Edad Media aunque, como señala el mismo Fubini, será progresivamente sustituido por un aristotelismo que entenderá a la música como imitación de las pasiones algunos siglos más tarde (Fubini, 2005).

 

La música como arte liberal

En la época de transición entre el mundo antiguo y la Edad Media en la que Agustín escribe, las artes liberales que, como afirma Szychowski (2021), “tienen como sujeto al alma humana” (p. 42), efectúan un distanciamiento respecto de las artes “manuales”, lo que las acerca al concepto de “ciencia”, dado que consisten, fundamentalmente, en producción de “conocimiento con mayor o menor grado de aplicación práctica” (p. 42).

Prada Dussán (2013), por su parte, sostiene que la música, en tanto arte liberal, efectúa el “enlace entre el mundo material (mundo sensible) y el mundo inmaterial (Dios y el alma)” (p. 85), señalando también su carácter científico en tanto consiste en la “búsqueda racional de principios inmutables subyacentes a la realidad mutable” (p. 86).

A través de estas artes, afirma Panti (2015), “el intelectual puede entender, de modo racional, el orden que Dios ha impuesto en la creación”, lo cual conduce a la mente humana “de la admiración de la perfecta armonía de la naturaleza a la contemplación de las realidades incorpóreas, es decir, de Dios” (pp. 782-3).

 

La música como ciencia para Agustín de Hipona

La concepción agustiniana de la música como “ciencia del bien modular” o del “mover bien” implica una dimensión numérica, tanto en lo que hace al ritmo como a las alturas de los sonidos. Y es la noción de “bien”, en dicha definición, la que permite establecer la diferencia entre la mera música y la música verdadera, aquella que produce las consecuencias que tiene que producir y no otras indeseadas, como un placer o un deleite impropios.

Afirma Agustín en el Libro 1 de De Musica:

De donde una cosa es «modular»; otra, «modular» bien. Pues hay que discernir que la «modulación» pertenece a cualquier cantor, en tanto que no yerre en las consabidas medidas de voces y sonidos; y que, en cambio, la buena «modulación» pertenece a esta disciplina liberal, esto es, a la música (2007, p. 77)

 

Autores como Fubini (2005) señalan que lo que hace Agustín al afirmar que la música es una ciencia es establecer la continuidad entre la “antigua mística de los números de ascendencia pitagórica” y “la nueva mística cristiana” (p. 95). Panti (2015), agrega, por su parte, que esta “ciencia de la medida… remite a la estructura de la rítmica y de la métrica clásica romana” (p. 783). Según Girala (2016), para Agustín “una cosa es la música y otra la ciencia destinada a su estudio” (p. 80), dado que esta “ciencia de la música” es “completamente teórica” (p. 85).

Esta distinción conlleva, según el autor, el establecimiento de “la diferencia entre los juicios puramente estéticos y los juicios de conocimiento” (p. 85), algo en lo que varios autores coinciden y determina la distinción correlativa entre lo racional y lo razonable, por un lado, y la gradación de los juicios de conocimiento en sí mismos, por otro.

 

Relación entre el alma y la percepción sensible

Si bien, como se dijo, la ciencia de la música es completamente teórica, la experiencia de la música es para Agustín compleja porque conlleva la interacción entre una dimensión empírica –lo que suena, lo que se canta- y una dimensión racional –que mide y juzga lo que suena y convierte esa experiencia en algo de otra índole-. Como afirma Caruana (2023), el canto es el “medio para cruzar desde nuestras percepciones demasiado sensuales, temporales y mutables de la música, hasta su fuente espiritual, inmutable y eterna” (p. 13). Es decir, hay una misión superior y superadora en la experiencia de la música, que no es otra cosa que, como afirma Arana Alencastre (2021), “una nueva vía para llegar a la verdad” (p. 40), una más que se suma a esa gran “‘vía de la interioridad’ o de la introspección” basada en la hipótesis de que “Dios… mora en el interior de toda persona”. Nada más ni nada menos. La experiencia reflexiva de la música es uno de los caminos que el hombre tiene a su disposición para llegar a Dios. Así, “el alma [disponiendo del cuerpo]… puede elevarse por medio de la modulación en el lenguaje [poesía y música] más allá del mero existir al existir realmente… al Ser” (p. 44).

Lo interesante de la operatoria de la relación entre el alma y el cuerpo a partir de lo musical en Agustín es que no es el alma la que se ve afectada por lo que pasa en el cuerpo sino a la inversa: es el alma la que “siente”, y la que imprime o induce a lo corporal el efecto correspondiente.

Afirma Agustín (2007) en el Libro 6 de De Musica:

mi parecer es que el alma, cuandosiente en el cuerpo, no padece algo de parte de él sino que en las«pasiones» de él actúa con especial tensión (p. 250)

 

Varios autores describen esta dinámica de modo semejante. Fubini (2005), por ejemplo, afirma que “el alma no puede someterse jamás al cuerpo y el cuerpo se agita, solamente, si lo impele a ello un movimiento anímico… el alma se manifiesta consciente y racional en su movimiento hacia el cuerpo… un movimiento ordenado” (p. 95). Para Copleston (1994), una “sensación… [es] un acto del alma que utiliza los órganos de los sentidos como instrumentos suyos” (p. 48). Prada Dussán (2010), por su parte, propone una “teoría de la sensación” en la que esta “no es una pasión, sino una acción del alma”, lo cual, desde su punto de vista, une “vitalidad con espiritualidad” (p. 98). Szychowski (2021), al describir la “función activa del alma en la sensibilidad”, llega más lejos, hasta un terreno propiamente acústico, al afirmar queen la audición“no es la percusión del aire la que genera la sensación de sonido sino el movimiento que el alma misma genera” (p. 47).

Es este uno de los puntos de la teoría musical agustiniana, entre otros, en el que puede establecerse una relación directa con la tradición platónica, concretamente con el Timeo, en el que el griego recomienda:

no mover el alma sin el cuerpo ni el cuerpo sin el alma, para que ambos, contrarrestándose, lleguen a ser equilibrados y sanos… el que cultiva adecuadamente su cuerpo debe dedicar los movimientos correspondientes al alma a través de la música y toda la filosofía si ha de ser llamado con justicia y corrección bello y bueno simultáneamente (Platón, Timeo: 88b-c)

 

Según Correa Pabón (2009), la idea de que las sensaciones son “acciones que el alma ejerce y no pasiones que sufre” (p. 126) había sido formulada ya por Gilson en 1976, a lo que él agrega que “el alma… siente en el cuerpo… pone en movimiento… a las pasiones del cuerpo” (p. 164), afirmaciones con las que coincide casi literalmente Girala (2016).

 

Dualidad y ambigüedad en la estética musical agustiniana

Si bien, como ya se dijo, la ciencia musical para Agustín es puramente teórica, su pensamiento no deja, no puede dejar de lado, la música práctica porque, como también se dijo, en ella se inicia el camino que conduce al alma hasta Dios.

De lo que se trata, respecto de la dimensión material, es de poder efectuar el pasaje a la dimensión espiritual, de poder efectuar el recorrido previsto que lleva de lo pasajero a lo eterno.

Girala (2016) afirma, en primer término, que el movimiento ascendente “se inicia con la experiencia que el alma tiene, mediante el cuerpo, del mundo sensible” (p. 79), para describir a continuación las tres etapas que posee dicho camino. En primer lugar, “el alma parte del mundo material y se eleva hacia los principios numéricos que lo configuran” (p. 79), luego se dirige “desde estos números al descubrimiento de que ella misma puede captar y contener dichos principios” (pp. 79-80), para finalmente efectuar “un movimiento desde el alma hacia la unidad misma”, hacia ese “principio trascendente que funciona como condición de posibilidad de toda experiencia del mundo” (p. 80).

Prada Dussán (2015), por su parte, además de afirmar que la elevación del alma se produce a partir “del descubrimiento racional del principio último de la belleza” (p. 78), desarrolla una teoría del signo con relación a las dimensiones puestas en juego por Agustín. Describe, así, por un lado, los elementos musicales sonoros como vestigium del mundo espiritual, como huellas de la razón, dado que “están hechos conforme a ella” (p. 75). La relación sígnica significante-significado se da, afirma, “en la unión de un elemento material con uno inmaterial –con aquello que se encuentra en el alma” (p. 81). Lo interesante de este planteo, de esta concepción semiótica de la dualidad, es que el enlace entre las dos dimensiones, según el autor, “siempre es «convencional», es decir, “se unen por la voluntad…. de quienes comparten los signos” (p. 85), y esto a partir de su “necesidad de comunicar” (p. 84). El enlace, entonces, “es contingente, no necesario” (p. 84), idea que ya había formulado en un escrito anterior, en el que afirmaba que “la comprensión y el uso de signos implica la pertenencia a la sociedad que los comparte” (Prada Dussan, 2013, p. 93).

Lo más importante, en este planteo, es que “el alma es el contenido, lo que se expresa por medio de signos”, lo cual conlleva que “la descripción de la música práctica en el esquema de los signos renuncia a la idea de que esta es reflejo de la totalidad del cosmos; en su lugar, se postula como expresión exterior del alma humana, fruto de la voluntad de comunicar” (Prada Dussán, 2015, p. 87).

Esta interpretación no pretende soslayar que la estética musical agustiniana posea la medida y la proporción en su centro. Es por eso que afirma que “la teoría del signo no renuncia al carácter estético en la música” (p. 87).

Lo que sí introduce es la problemática, central en la discusión en torno a la cuestión del placer y del deleite, entre lo sonoro –que no consiste, en la música eclesiástica, en otra cosa que en el canto de textos- y el sentido y la significación de las palabras que se cantan. En torno a ello, afirma Prada Dussán (2013) que “la música sería [para Agustín] no sólo un sonido bello, sino también significativo” (p. 83). El valor de los signos musicales radicaría, según el autor, en el hecho de que “invitan a ver otras realidades” (p. 89), “a buscar la verdad” (p. 91). Las vías de acceso a esas dimensiones otras serían, entonces, dos: la «vía del significante», que concibe la percepción placentera de la música como el inicio del camino de elevación, en tanto se pueda dejar atrás esa misma materialidad musical, y la «vía del significado», en la que “los signos manifiestan su valor bajo la función indicativa y rememorativa que cumplen” (p. 93), lo cual no implica el desprecio del mundo material sino que los fenómenos musicales  han pasado a ser “signos de realidades espirituales verdaderas” (p. 93). Se trata, en concreto, de dos formas de llegar a aquello que está más allá de lo inmediato, sean las realidades que el lenguaje designa o la verdadera realidad detrás de lo aparente.

En cuanto a la “elevación” varias veces ya aludida, no puede dejar de señalarse que se trata de un recorrido que se efectúa al interior del hombre, de una experiencia de “interioridad”. Como señala Correa Pabón (2009),  el “periplo de ascenso… [va] de lo corpóreo a lo incorpóreo… del exterior al interior” (p. 12).

 

Música y números

Prácticamente todo lo que tiene que ver con la música para Agustín tiene que ver con números, con relaciones matemáticas. Es el aspecto que más desarrollo obtiene en el De Musica y el más abordado por los autores que se dedican a la exégesis del pensamiento musical agustiniano.

Lo numérico tiene un trasfondo religioso de base pitagórica, vinculado con la “percepción de la armonía cósmica”, como señala Fubini (2005, p. 92). Las relaciones numéricas en lo musical permiten, de un modo muy concreto, como afirma Arana Alencastre (2021), “llegar a las cosas invisibles de Dios por medio de lo visible” (p. 46).

Son varios los autores que se ocupan de describir y sistematizar las clases de números que Agustín concibe alrededor del fenómeno musical. Girala (2016), por ejemplo, distingue dos grandes grupos: por un lado los “perecederos… [que] están sujetos a los límites de la vida humana” (p. 83); son estos los “sonoros o corporales… [los] oídos… [los] proferidos… [y los] recordables” (p. 83). Por otro lado, describe aquellos números que “proceden de la unidad, o Dios… fuente de todo orden y toda belleza… [y] se encuentran en el interior del alma” (p. 83), en alusión a “[los] del juicio sensible… causa del placer que experimentamos al percibir la armonía de las modulaciones… [y los] del juicio racional… [que] regulan las leyes inmutables de los números… modelos absolutos” (p. 84). Esos “números del juicio” provienen, para Correa Pabón (2009), de aquella “capacidad innata, que reside en el mismo juicio natural, de sentir… para valorar debidamente la conveniencia de la modulación o de la armonía… causa del placer que experimentamos al percibir la armonía” (p. 161). El placer musical consiste, pues, para este autor, en la “percepción de relaciones matemáticas. El juicio sensible capta el encanto de los ritmos temporales producidos por la igualdad y sobre esta captación actúa la razón, descubriendo el origen del placer sensible” (p. 174).

Para Panti (2015), por su parte, esta teoría se basa en el presupuesto de que el alma es, también, “rítmica”, es decir, está matemáticamente estructurada, aun en su ser inmaterial. Afirma, así, que “el alma obra por números, ‘períodos rítmicos’, parecidos a los percibidos por el cuerpo y guardados en la memoria” (p. 783). Esta autora detecta, en el proceso de matematización de la experiencia musical como vía de acceso a lo perfecto, que es, como ya se dijo, lo divino, que “Agustín traduce para la cultura cristiana una idea esencial del pensamiento platónico… que el número y la armonía son vías que conducen a la verdad absoluta… a Dios” (p. 784). Szychowski (2021) acuerda con esto afirmando que, a partir del Timeo de Platón, para la “tradición pitagórico-platónica… el mundo tiene una estructura matemática… los astros producen sonidos como resultado de su movimiento” (p. 6). De esta armonía cósmica se deriva, como correlato, la armonía del alma humana, cuya función sería “ordenar el movimiento discordante o desordenado” (p.16), “reordenar la naturaleza desordenada en nuevos conjuntos armónicos” (p.17).

En palabras del propio Platón, la formulación de la idea es la siguiente:

cuanto de la música utiliza la voz para ser escuchado ha sido dado por la armonía. Ésta, como tienen movimientos afines a las revoluciones que poseemos en nuestra alma, fue otorgada por las Musas al que se sirve de ellas con inteligencia, no para un placer irracional, como parece ser utilizada ahora, sino como aliada para ordenar la revolución disarmónica de nuestra alma y acordarla consigo misma. También nos otorgaron el ritmo por las mismas razones, como ayuda en el estado sin medida y carente de gracia en el que se encuentra la mayoría de nosotros (Platón, Timeo: 47c-e)

 

Los ritmos musicales, en tanto “números sonoros”, aparecen así como un conjunto de “relaciones proporcionales entre unidades de tiempo” (Szychowski, 2021, p. 36). Y el gusto, la satisfacción en su escucha como “una respuesta sensorial a las proporciones armónicas y bellas… [que] depende de manera directa de la conformación matemática del mundo” (p. 29). La música, por lo tanto, queda establecida así como “una disciplina tanto sensorial como intelectual” (p. 29) que “opera el pasaje desde lo material a lo inmaterial” (p. 30), “de lo sensible a lo intelectual” (p. 37).

Es por todo esto que Magnavacca (2014), al definir “música” en el sentido agustiniano, afirma que “Agustín acentúa el hecho de que la música les fue concedida a los hombres para conocer analógicamente la armonía del gobierno divino... [que] por ella se llega a los números inmutables contenidos en la Verdad inmutable” (p. 443), y refiere, concretamente, a un pasaje de la Carta 166, a Jerónimo, que versa sobre el origen del alma del hombre. Afirma allí Agustín (s.d) que

No podemos percibir la razón, pero, si pudiéramos, su percepción nos llenaría de inefable dulzura… Por eso la largueza de Dios otorgó a los mortales que tienen almas racionales la música, es decir, la ciencia o la sensibilidad para modular, a fin de enseñarnos una gran cosa (Carta 166, 5.13)

 

Con respecto a la identidad numérica entre lo que existe en el mundo material y lo que existe en el mundo ideal, merece resaltarse lo que señala Girala (2016) en cuanto a que, en cuanto a lo ontológico, lo que Agustín lleva a cabo es el pasaje de Platón a Plotino, en tanto acepta que “los seres de este mundo no son copias de ideas, pero sí se comportan en base a un ideal al que aspiran parecerse (y necesariamente fracasan, o lo logran de forma parcial)” (p. 76).

 

La música y el tiempo

El vínculo que, a través de la música, Agustín establece entre las proporciones armónicas del universo y el alma humana, que a su vez lleva a Dios, involucra, además de números, tiempo. Es por ello que Rosales Meana (2013) define a la música como “arte del ‘límite’”, pues pone en contacto cada uno de esos elementos entre sí (p. 40). Este autor concibe, a partir de una lectura cruzada entre el libro 11 de Confesiones y el De Musica, que el tiempo musical es, para Agustín “una forma de la subjetividad”  (p. 41), “la forma auténtica de la existencia del yo” (p. 42). Y esto a partir de considerar que “la música permite que salgamos del tiempo… que vivamos el tiempo… volcados al presente”, lo cual “colabora a reinstaurar al hombre fuera de su disolución en tiempo y a reintegrar la subjetividad en el ahora” (p. 43).

Es a partir de la idea de que nada existe sino como presente que Rosales Meana (2013) sostiene que “la música elimina, en un sentido, el tiempo, y sitúa al hombre en una dimensión extratermporal y extraespacial” (p. 43), que “el pasado y el futuro dejan de existir mientras la música sucede” (p. 44).

Lo relevante es que “no cualquier música puede constituirse en un arte del límite, sino que se requiere en ella la presencia de un logos, de una ratio que le dé proporción a los ritmos y a los sonidos, o que reconozca los ritmos previos del universo y se ajuste a ellos” (p. 44).

La experiencia de la música, es, así, una experiencia trascendente, aunque por operar en un límite, limitada, no total, no completa, no absoluta. Su papel, como señala Rosales Meana (2013), “es anticipar esa trascendencia a través de la ascesis y la virtud”, permitiendo que “experimentemos el mundo con oídos de eternidad” (p. 45).

 

La música y el “riesgo del deleite”

La ambigüedad que existe en torno al placer en el pensamiento de Agustín con relación a la música no escapa a lo ya planteado con relación al pensamiento medieval general, por un lado, ni a las dicotomías ya señaladas en sus propias ideas, por otro.

Lo material, sensible, exterior parecen oponerse a lo inmaterial, racional, interior en todos los órdenes. En lo musical, específicamente, ya se ha mencionado la diferencia que establece “entre una música puramente pensada, música como ciencia teórica, y una música particularmente oída y ejecutada” (Fubini, 2001, p. 81). Uno de sus dilemas fundamentales, como señala el mismo Fubini (2001), es

si aceptar el ambiguo placer de la música, olvidándose de las abstracciones y razonamientos de los teóricos y de la metafísica de los números, o renunciar a los mismos en favor de la oración pura, de la palabra carente de ornato alguno (p. 81)

 

Aun no renunciando a la música como vehículo o soporte de la oración, el peligro que representa el placer queda planteado en otro territorio: el del placer por lo que suena o el del placer por el sentido de las palabras que se cantan. Así, la música pasa a ser, simultáneamente, herramienta de perdición o de salvación espiritual.

Los reparos de Agustín no escapan a los del hombre de fe de su época que, como señala Eco (2015) “teme continuamente verse seducido durante la oración por la belleza de la música sagrada” (p. 27) o desconfía “frente al placer sensual de la melodía” (Panti, 2015, p. 782). Agustín es consciente de que, como afirma Panti (2015), “cuando los sonidos son demasiado ‘fascinantes’, en lugar de aproximarnos hacia el texto, inducen a distraernos de él… la fuerza encantadora del sonido musical… es… una fuente de diversión y distracción” (p. 784).

Son varios los autores que acuerdan con esta apreciación de la mirada agustiniana hacia el placer que la música es capaz de deparar.

Caruana (2023) ubica el problema en relación con la dificultad que encarna la intención de Agustín de intelectualizar un elemento sensible tan potente, tan poderoso en sí mismo, que vuelve “incómoda” la reflexión, que dificulta “abordarla con ecuanimidad, juzgarla con calma, usarla más que disfrutarla” (p. 5), y coincide con que el riesgo de lo musical es el de “extraviar a los oyentes y aferrarlos a placeres temporales, sensuales y mutables, en lugar de conducirlos hacia la verdad eterna, espiritual e inmutable” (p. 5).

Prada Dussán (2010), afirma que “Agustín termina por aceptar el placer sensible que genera la música en virtud de que por medio de él es posible acceder a Dios” (p. 101), aunque “previene de dejarse atrapar por su encanto… [que] hace que el alma se dirija hacia la materia… [que la] aleja de la verdadera felicidad” (Prada Dussán, 2015, p. 77).

Szychowski (2021), por su parte, sostiene que el temor de Agustín tiene que ver con que “amar la belleza de lo sensible hace que el alma pierda su lugar en el orden universal de la creación” (p. 48), lo cual significa que “el alma puede no reconocer el orden universal al no reconocer su espacio en él. Al volcarse hacia la belleza de lo sensible sin entender a esta belleza como inferior, el alma niega su espacio en el orden” (p. 49).

 

El problema del placer está indudablemente unido a la cuestión de la belleza, es decir, a la pregunta de si dicha belleza de lo musical es racional o sensible. Por lo ya dicho en torno al peso de lo numérico/matemático en la estética agustiniana sabemos que, como afirma Girala (2016), “el concepto de placer aparece acompañado del de mesura” (p. 88).

A propósito, basta remitir, entre otros, al siguiente pasaje, ya de índole conclusiva, del libro 6 del De Musica: “¿qué es lo que amamos en una realidad «numerosa» [numerositas] sensible? ¿Acaso otra cosa además de una cierta paridad y unos intervalos medidos en igualdad?” (s.d, Libro 610.25, p. 267)

Ahora, la discusión en torno de si la belleza de lo musical pasa por la proporción matemática que, por ejemplo, manifiesta la estructura rítmica o si, en cambio, radica en el carácter sagrado de la palabra que se entona es de índole más compleja.

Uno de los aspectos de ese debate gira en torno al mecanismo de la audición y al proceso de “degustación”, tanto del material sonoro como del verbal.

Para Correa Pabón (2009), ocurre una primera experiencia placentera al oír el verso, como resultado de un juicio estético o sensible. Luego, a partir de dicha experiencia, la razón opera no estableciendo un juicio de otra índole sino determinando “la conveniencia o no del placer sentido”, es decir, la razón “aprueba o no la rectitud de dichos placeres” (p. 171).

Hacia el final del libro 6 del De Musica, Agustín introduce primero este aspecto en forma de pregunta retórica en el diálogo entre Maestro y Discípulo:

M. - … ¿O a ti te parece uno y lo mismo ser deleitado por el sentido y evaluar con la razón?

D. – Cosas diferentes son, lo confieso (s.d, Libro 69.23, p. 264)

 

Y luego el Maestro vuelve sobre el tópico para enunciarlo de modo conclusivo:

estimar si [estos movimientos y afecciones] deleitan de forma correcta o no, lo que tiene lugar al razonar (s.d, Libro 69.24, pp. 265-266)

 

Con relación a este punto Szychowski (2021) postula la “autonomía de la experiencia y la reflexión estética respecto de la teología” (p. 80), que lleva a cabo la “evaluación racional”. A este respecto señala que, aunque en ambas “se ve implicada el alma, que es sujeto tanto de la percepción sensible como de la actividad racional… la experiencia estética es independiente del reconocimiento de Dios” (p. 80). Y en esto radica el carácter trágico, en el sentido de lo dramático, de la experiencia musical para Agustín. Como afirma Fubini (2005) acerca de sus Confesiones, se trata de un “drama existencial… [de un] debate… entre… [la] propensión a la fascinación… y las rémoras moralistas” (p. 97). Concretamente, se refiere a un pasaje del libro X, que reproduzco se la misma fuente que él cita:

 

Cuando me acuerdo de las lágrimas que derramé con los cánticos de tu iglesia en los comienzos de mi conversión y de la conmoción que ahora siento -no con el canto, sino con las cosas que se cantan, al ser cantadas con voz clara y modulación adaptadísima- reconozco una vez más la gran utilidad de esta costumbre.

Y así ando fluctuando entre el riesgo del deleite y la experiencia del provecho. Sin dar un juicio irrevocable, me inclino más a aceptar la costumbre de cantar en la iglesia a fin de que con el deleite del oído los espíritus débiles despierten a la piedad. Aunque cuando me siento más emocionado por el canto que por las cosas que se cantan, [80] entonces confieso que peco en ello y que merezco castigo y que querría no oír cantar. (Agustín, s.d, Libro X, p. 33, citado por Fubini, 2001, pp. 80-81)

 

Habría, en ese pasaje, por parte de Agustín, un reconocimiento implícito de que en la materialidad de lo musical, personas como él mismo “también pueden gozar… y elevar su alma… [a partir de] la verdad de la fe expresada en los cantos”, como afirma Prada Dussán (2010, p. 100) o que, como afirma Szychowski (2021), en determinadas circunstancias, “la experiencia estética puede prescindir de Dios” (p. 80).

Hay un único canto en el que Agustín reconoce o admite la reconciliación de los opuestos entre los que se debate. Se trata del jubilus que, si bien no existe como tipo de canto nominado en el repertorio de la época, se supone refiere a ese largo melisma que solía entonarse sobre la sílaba final delapalabra Aleluia, un canto que, como afirma Panti (2015), “no incurre en los peligros de la desviación… [dado que] el alma expresa su alegría de ‘sentir’ la presencia de Dios” (p. 785).[2]

 

Conclusión

El recorrido de lecturas llevado a cabo me ha permitido, en primer lugar, situar la problemática del canto en la etapa temprana de la Edad Media, en realidad en la transición entre la Antigüedad y la Edad Media, que es el momento en el que Agustín de Hipona escribe, como un conflicto múltiple: se trata de una cuestión al mismo tiempo estética, ontológica, teológica, ética y metafísica. Es por ello que en cada uno de los apartados, y a partir del punto de vista de los autores considerados, han primado uno o alguno de los aspectos mencionados.

En segundo término, con relación al pensamiento específicamente agustiniano, más allá de su consideración de la música como ciencia de base matemática y de la relación de esta concepción con una cosmología y una mística de la interioridad, creo haber logrado darle el debido lugar a la idea de que es el alma, en su ser racional, la que gobierna tanto la percepción como sus efectos, sean éstos específicamente estéticos o éticos. No sólo es el alma la que siente antes que el cuerpo, la que piensa y racionaliza los efectos que imprimirá a lo perceptivo sino, sobre todo, la que evalúa, la que juzga acerca de la corrección matemático-proporcional de lo que suena, acerca de la conveniencia o no de lo que se canta respecto del contexto de significación que enmarca tanto la práctica musical como su recepción y, sobre todo, acerca de lo propio o impropio del placer que la música genera en tanto constructo complejo que engloba lo acústico y lo verbal como conjunto. El alma sabe que lo estético y lo religioso poseen beneficios y exigencias diferenciales. Puede reconocer el valor de una y otra dimensión. Pero no puede dejar de elegir, por más dificultosa, sacrificada y dolorosa que sea dicha decisión.

 

Referencias bibliográficas:

Arana Alencastre, J. L. (2021). El ascenso a Dios en el De Musica de San Agustín de Hipona. Phainomenon. Revista del Departamento de Filosofía y Teología, 20 (1), 39-52

http://doi.org/10.33539/phai.v20i1.2372

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[1]Los términos “cantilación” y “cantilar” no existen en el diccionario de la lengua castellana. Se usan, sin embargo, en contextos de referencia al canto sinagogal y al del cristianismo inicial. Aluden a una declamación entonada, a mitad de camino entre el hablar y el cantar. Como afirma Daniel Goldman (2020), “el término ‘cantilar’, cuya procedencia latina lo vincula a melodías, hace referencia a la antigua práctica de cantar libros. En especial, los bíblicos. En la búsqueda del vocablo, descubro que el ejercicio de cantar textos sagrados data desde hace, al menos, unos 4000 años, y veo que con el tiempo, tradiciones religiosas como la de los budistas, los hebreos, los cristianos y los musulmanes utilizan la misma técnica y costumbres hasta el presente” (p.  40).

[2] Merece señalarse el hecho de que será ese melisma, primero improvisado, luego escrito, una de las fuentes de lo que más adelante (a partir del s.VIII) se denominará genéricamente tropo como procedimiento de ampliación del repertorio litúrgico, es decir, uno de los tantos procedimientos técnico-musicales a los que se recurrirá ya sin ningún reparo de índole teológica.

martes, 28 de octubre de 2025

ONTOLOGÍA DEL PRESENTE

 "Las meninas" como herramienta para una "ontología del presente"


[Publicado en Cuestiones de Filosofía y Nación, Departamento de Humanidades y Artes, UNLa]


Introducción

El objetivo de este trabajo es caracterizar y releer en términos de “ontología del presente” el debate

que en 1966 se dio entre Michel Foucault y Jacques Lacan en torno al cuadro conocido

popularmente como “Las meninas” [1], del pintor español Diego de Velázquez, fechado en 1656.

Foucault dedica el primer capítulo de Las palabras y las cosas (1966) a intentar demostrar que la

obra pone en acto el “vacío esencial” de la representación clásica, dando cuenta tanto de la

desaparición de su fundamento, la relación de semejanza y fidelidad entre el cuadro y el mundo

exterior, como de la del sujeto de la representación.

A partir de dicha hipótesis, Lacan dedica varias clases de su Seminario 13, titulado “El objeto del

psicoanálisis” (llevadas a cabo durante mayo y junio de 1966 -a una de las cuales asiste el propio

Foucault-), a sostener una interpretación alternativa, poniendo el foco no en la noción de

“representación” sino en la de mirada.

Más allá de la descripción de los puntos centrales del histórico debate, el objetivo del trabajo es

releerlo en función de una de las recurrencias más reciente sobre los posibles sentidos del cuadro de

Velázquez. Ésta se dio en el ámbito local en el contexto de la discusión que, en torno a la dicotomía

liderazgo-conducción, surgió a partir de la postulación de Cristina Kirchner a la presidencia del

Partido Justicialista. Nora Merlin, psicoanalista y periodista de Página 12, evocando a su vez al

psicoanalista Jorge Alemán, ha retomado de la interpretación lacaniana la importancia del objeto de

mirada, de deseo, en definitiva, por sobre su representación.

[1] “La familia de Felipe IV” es el título con el que ingresa al Museo del Prado en 1819.


Desarrollo

El artista

Diego de Velázquez (1599-1660) integra, para la historia de la pintura, junto con Bartolomé Murillo

y Francisco de Zurbarán, la “escuela de Sevilla”. Estilísticamente, la obra de los tres, junto con la de

José de Ribera, conforma el capítulo español del “Barroco de las cortes católicas”, según la

clasificación de Arnold Hauser, guiado en lo fundamental por las directivas contrarreformistas del

Concilio de Trento (1545-1563), cuya consecuencia fundamental es que “la iconografía del arte

sagrado católico se fija y esquematiza”, y dicho arte “adquiere carácter oficial y pierde sus rasgos

espontáneos y subjetivos” (Hauser, 2006: 509). Velázquez, sin embargo, se dedica

fundamentalmente a temáticas seculares vinculadas con el retrato de la vida cortesana y de sus

miembros, lo cual implica, en lo fundamental, observación y vocación de fidelidad entre la

representación y lo representado, no solo en cuanto a los rostros sino también a la vestimenta, los

adornos y los ambientes en los que cada uno de los personajes es presentado. Esto no impide que,

como señala Hautecour, opere transformaciones al colocar a sus modelos “en actidudes tranquilas

como lo hicieron Holbein y los retratistas del siglo XVI… [lo cual] les deja su aire normal, pero

mediante la simple conformación del cuerpo y de la fisonomía descubre el carácter, el alma” (1966:

591).

En la obra de Velázquez se reconocen varias etapas, la primera de ellas su “época sevillana”, en la

que, siguiendo el modelo de Caravaggio, trabaja con modelos vivos, lo que da a sus cuadros de

temática religiosa la impronta de un cuadro secular. Su segunda época, denominada el “Primer

período madrileño”, abarca la obra que realiza ya como miembro de la corte del rey Felipe IV, en la

que trabaja durante seis años, entre 1623 y 1629 llevando a cabo, sobre todo, retratos de la familia

real. Velázquez abandona la corte por dos años, es por eso que la obra que produce a partir de 1631

se denomina su “Segundo período madrileño”, en el que agrega a los retratos de la familia real, los

de los miembros más pintorescos de la corte: bufones y enanos, entre otros. Y así sigue, por el resto

de su vida, hasta que después de su segundo y último viaje a Italia en 1651 recibe un ascenso en la

corte y se dedica a sus dos últimas obras: “La familia de Felipe IV” o “Las meninas”, de 1656, y

“La fábula de Aracne” o “Las hilanderas”, de 1658.

En 1659 recibe el título de Caballero de Santiago, lo que le depara, al año siguiente, un funeral

digno de cualquier miembro de la nobleza. Para acceder a dicho título, sin embargo, como afirma

Van Loon:

“no solamente Velázquez debió probar la ausencia de todo indicio de sangre musulmana o judía en sus venas, sino también que ninguno de sus antecesores había sido, a su debido tiempo, tildado de hereje… debió ofrecer las máximas garantías y seguridades al objeto de demostrar que ninguno de su familia se había manchado jamás por el ejercicio de un comercio cualquiera… y cuando hubo demostrado que jamás efectivamente vendió un cuadro, pero que siempre había trabajado por obtener un salario (como cualquier funcionario de la Corte), le fue concedido por fin título de nobleza” (1950: 404-405).


La obra

Las meninas es, en lo explícito -aunque las interpretaciones a considerar tienden a desdibujar

cualquier certeza-, la imagen de una trastienda, de un detrás de escena. Lo que hace el pintor es

exhibir un plano “girado” sobre su eje, lo que le permite introducirse a sí mismo como personaje,

por un lado, y a su obra, por otro, estableciendo la impronta de “un cuadro dentro de un cuadro”.

Hay numerosas descripciones de “lo que vemos”, como la que aparece en el catálogo de la muestra

de las obras más importanes del Museo del Prado llevada a cabo en Ginebra, Suiza, en 1939:

“Pintado en 1656. Originalmente situado alrededor de 1666 en el despacho del rey en el antiguo Palacio Real (Alcázar) de Madrid. La composición es complicada y requiere explicación: la Infanta Margarita ha entrado en el estudio de Velázquez (de pie, cerca del caballete, a la izquierda) para ver el retrato de sus padres, que se refleja en el espejo del fondo; la acompañan los enanos Mari-Barbola y Nicolasito Portosato y sus dos damas de compañía (= las Meninas), Maria-Augustina Sarmiento e Isabel de Velasco, quienes dieron nombre a este cuadro, primero llamado "la familia". Los dos personajes del fondo son Marcelle de Ulloa, vestida de monja, hablando con un "guardadamas"; en la puerta José Nieto Velázquez, "aposentador" de la reina. La cruz de Santiago, que lleva Velázquez, fue añadida más tarde, no antes de 1659; se suele suponer que fue pintada tras la muerte del artista” [2] (Álvarez de Sotomayor y Muguruza Otaño, 1939: 23-24).

Velázquez realiza, en esta obra, una acción que podría calificarse como propia del Modernismo de

tres siglos después: establece y deja en claro que no hay nada “natural” en ninguna puesta en

imagen, aun sin apartarse del realismo en cuanto al código visual propiamente dicho. Toda imagen

es “construida” y, por eso, vemos lo que el artista “nos hace ver”, como dijo Paul Klee [3]. Vemos lo

que Velázquez quiere que veamos, y no vemos lo que no quiere, que está igual de claro. Nos

muestra y al mostrarnos nos informa acerca de lo que no nos muestra. Nos priva de lo fundamental,

del retrato familiar propiamente dicho, que suponemos en proceso en la tela que observamos desde

atrás. Esto es lo que dará lugar a las interpretaciones tanto de Foucault como de Lacan. Lo sustraido

a la mirada, lo ocluido, entre lo cual está, nada más ni nada menos, que la figura del Rey.

[2] Original en francés, traducción propia.

[3] “El arte no reproduce lo visible; hace visible” (Klee, 1976: 55)


La interpretación de Foucault

El elemento clave de su lectura es el espejo del fondo, único rastro de lo que está frente a los

personajes más visibles del cuadro. Es este elemento, para Foucault, el que “hiere a la vez el espacio

representado… y a su naturaleza de representación” (1968: 18), elemento que trastoca las nociones

de “revés” y “derecho”, que las pone en conflicto. Foucault entiende que “los soberanos”, a quienes

vemos mínimamente y mal en ese pequeño espacio de un cuadro que tiene una superficie de casi

nueve metros cuadrados, “son los más descuidados”, han sido “retirados en una invisibilidad

esencial” (1968: 23). Ese reflejo, el del espejo, restituye en su mínima expresión aquello que se

supone es el centro de las miradas de todos, dentro y fuera del cuadro. Se trata, de alguna manera,

del retrato de un rey que no domina, por lo menos no en este caso. Con relación a esto, hay un

aspecto bien concreto que debe ser considerado con respecto a la figura histórica de Felipe IV: fue

un rey que, por lo menos al momento en el que Velázquez lleva a cabo su obra, no tenía una

sucesión asegurada. Su primer heredero legítimo, Baltasar Carlos de Austria, había muerto en 1646

a los 16 años. El primer varón del segundo matrimonio, Felipe Próspero de Austria, nacería al año

siguiente, en 1657, y moriría en 1661 a los 3 años. Sólo Carlos, el segundo varón de ese segundo

matrimonio, que nacería en 1661, iba a asumir como Carlos II en 1665, a su muerte, falleciendo a

los 38 años sin sucesión. Margarita, la princesa que junto con sus damas de compañía domina el

centro de la composición era, de alguna manera, al momento de realización de la obra, la carta más

poderosa que esa dinastía tenía para asegurar, mediante el matrimonio adecuado, la continuidad del

poder que estaba en riesgo [4].

La hipótesis fuerte de Foucaut es que la obra, si algo representa, es el “vacío esencial” de la

representación clásica, de la desaparición de su fundamento –la relación de semejanza- y, sobre

todo, de su sujeto. Tal vaciamiento es lo que, precisamente, permite que la representación se libere,

que “la representación [pueda] darse como pura representación” (1968: 25). Y es lo que habilita,

entre otras cosas, que, como señala García Valdez, se conjuguen “espacialidades que son

normalmente disyuntivas: el espacio del modelo excluido de facto de la composición; el espacio del

espectador excluido de jure; el espacio representado, y, finalmente, el espacio invisible de la

representación, la superficie del lienzo que ha sido pintada” (2001: 171).

Con respecto a esto, hay que considerar que la imagen barroca consiste, en lo fundamental, en una

complejización de la representación renacentista, basada en la perspectiva central como

organización geométrico/matemática de un espacio restringido. Dicha complejización, debida a las

nociones de universo y de infinito incorporadas a partir de los avances en astronomía, que obligaron

a pensar la representación de un espacio ilimitado, produjo, como señala Hauser, a partir de

Wölfflin, el pasaje de una concepción artística más estricta a otra más libre (2006: 500). La

espacialidad, así, pasa a depender del punto de vista, sustituyendo lo absoluto por lo relativo. Esto

puede explicar, en parte, el efecto de complejidad, de multiplicidad, de desborde, que produce el

cuadro de Velázquez. Lo que Hauser recupera, concretamente, de Wölfflin, con relación a la

imagen barroca es que

“se tiende cabalmente a no permitir que el cuadro nos brinde un trozo del mundo con existencia propia, sino un espectáculo que pasa y en el que cabe al espectador la dicha de participar un instante… La busca del instante transitorio es también un factor de la forma abierta en la manera de enfocar el cuadro del siglo XVII” (Wölfflin, 1997: 256).

[4] El matrimonio de María Teresa de Austria, hija de su primer matrimonio, y Luis XIV, el rey de Francia, iba a concretarse recién en 1660.

Lo que se ve parece, además de efímero, no hecho para ser visto, se asume como espiado, y de ahí

su carácter de inabarcable, infinito y, en mayor o menor medida, incompresible (Hauser, 2006:

502).

Esa crisis del sistema referencial y de la subjetividad que Foucault advierte en la obra puede

ejemplificarse a través del conjunto de miradas que provienen del interior (la del pintor, la de la

Infanta, la de una de las meninas, la del Aposentador, la de uno de los enanos) y apuntan hacia

afuera, hacia ese punto en el que tienden a coincidir, aunque no con exactitud, tres líneas de

observación: la del pintor empírico, la del espectador y, sobre todo, la del monarca, esas “tres

funciones ‘de vista’” (Foucault, 1968: 23) que el artista concentra en tanto modelo, pintor y

espectador de su propia obra.

Figuras dentro de figuras, cuadros dentro de cuadros, espacios dentro de espacios, multiplicidades

que informan de lo que aparece como contenido y, al mismo tiempo, escapa de su continente, como

el espacio del taller en el que transcurre la escena. La fuente de luz que proviene de la ventana de la

derecha da cuenta de otro espacio, de un espacio más amplio, inabarcable, exterior, que al mismo

tiempo lo excede y lo contiene. Lo mismo puede decirse de la puerta del fondo, marcada por ese

personaje que “con un pie sobre el escalón y el cuerpo por completo de perfil, el visitante ambiguo

entra y sale a la vez, en un balanceo inmóvil” (Foucault, 1968: 20). Como señala Maqueda de La

Peña, la tela misma, como espacio de representación, se ve desbordada, en su lado izquierdo, por el

bastidor, y en el derecho por el cuerpo del enano Nicolás Pertusato (2022: 112).

Por último, otro detalle que “se escapa”, que referencia un “más allá” de otra índole: el perro, puro

“ser”, puro “estando ahí”, no racional, naturaleza “bruta” (aunque aparentemente civilizada)

incrustada en un complejo racional-matemático que pretende enunciar en múltiples niveles. El perro

dormita y se aburre a pesar de ser requerido o molestado por el pie del enano.

Foucault enuncia la conclusión y revela la intención de su análisis de “Las meninas” en el capítulo

noveno de Las palabras y las cosas, titulado “El hombre y sus dobles”. Allí, explicita que el fin del

orden del pensamiento clásico (racionalista, mecanicista, el orden al que pertenecen Galileo y

Descartes), significa, ante todo, la crisis de la representación de la realidad por el lenguaje. Y la

emancipación de los lenguajes, que pasan a designarse a sí mismos. Es por eso que entiende que en

el cuadro de Velázquez “la representación está representada en cada uno de sus momentos” (1968:

299), y que “aquello… que es representado está ausente” (Ibidem). El cuadro consiste, así, en

“objeto”, en “representación pura de esta carencia esencial” (Op. cit.: 300). La imagen ya no refleja

nada de lo real, lo que nombra refiere su propio representar, da cuenta de su propio poder y de su

inevitable opacidad, de ahí la duplicidad que encarna: la del “ser del hombre” y la del “ser del

lenguaje” (Op. cit.: 329), que obligan a poner en práctica analíticas diferentes.


La interpretación de Lacan

Lacan aborda Las meninas en la segunda mitad de su Seminario 13, “El objeto del psicoanálisis”,

dictado entre diciembre de 1965 y junio de 1966. En la clase n°17, del 11/5/1966, anuncia que el

tema que va a encarar es “la función del narcisismo o del estadio del espejo” para intentar dar

cuenta del “estatuto del sujeto” (1966: 110). Comienza su exposición describiendo la condición del

“sabio”, luego da entrada a la teoría de la perspectiva de Erwin Panofsky y, finalmente, alude al

trabajo de Foucault sobre la obra de Velázquez. De Foucault reconoce que su “tipo de búsqueda no

está ciertamente muy alejado de aquel cuya carga tomo aquí en nombre de la experiencia analítica,

aunque sin tener la misma base, ni la misma inspiración” (Op. cit.: 113) [5]. Al mismo tiempo, anuncia

que su foco de atención será el cuadro visto al revés, el bastidor, el cuadro que está en la tela, la

obra sobre la que el pintor, que también está en la tela, trabaja, un aspecto que, entiende, Foucault

“eludió”. Desde su punto de vista, ese es “el punto alrededor del cual importa hacer girar todo el

valor, toda la función de este cuadro” que, sostiene, “es, efectivamente, una especie de carta dada

vuelta” (Ibidem). Es esta cuestión la que le va a permitir “introducir el sesgo del deseo en el corazón

mismo de la función de saber”, que había planteado como el tópico de su mayor interés (Op. cit.:

111). La pregunta de si el sujeto sabe o no algo remite, por supuesto, a la duda cartesiana, aunque

Lacan va a trabajarla a partir de la relación visual del hombre con el mundo, a su “pulsión”

escópica”, en particular a partir de su relación con el arte y la pintura. Es por eso que considera

fundamental, de la teoría de la perspectiva, la noción de “proyección”. Es decir, no le interesa la

dimensión geométrico/estructural de la perspectiva sino lo que ocurre “desde el punto de vista de la

estructura del sujeto, en tanto que el sujeto es el sujeto de la mirada, que es el sujeto de un mundo

visto” (Op. cit.: 112). Es por eso que entiende que sólo el cuadro dado vuelta consiste en la

“representación” de algo real. Todo lo demás no es representación en ningún sentido, sino un

conjunto de personajes que “están en representación”, es decir, que “están ahí, efectivamente, en la

realidad, aunque muertos desde hace mucho tiempo” (Op. cit.: 114).

[5]Como sugiere Aaron Schuster, podría pensarse que Foucault y Lacan, en tanto representantes de la filosofía y elpsicoanálisis, actúan, frente a la obra de Velázquez, como “aliados en un proyecto conjunto para pensar un sujeto descentrado que ya no es dueño de su propia casa” (2015: 1) [traducción propia].

Lacan rechaza, una tras otra, las hipótesis más comunes acerca de qué es lo que Velázquez está

pintando en esa tela cuyo frente nos es negado. Y en ese proceso, en el que identifica el común

interés que con Foucault tienen por la relación “de las palabras y de las cosas” (Op. cit.: 121), va a

parar a la noción de “signo” que, sin embargo, utiliza para atacar la interpretación foucaultiana del

cuadro como “representación del mundo de las representaciones” (Ibidem), proponiendo en su lugar

la de “representante de la representación” (Op. cit.: 122) que implica, sobre todo, destacar “el valor

del significante” (Ibidem). Así, lo que está dado vuelta consiste en la “ilusión” de una

representación; consiste, concretamente, en una “pantalla” que “no es solamente lo que oculta lo

real… al mismo tiempo lo indica” (Ibidem), explicitándo de ese modo su dimensión semiótica. El

carácter sígnico de la tela dada vuelta da cuenta no de una presencia sino de una ausencia

fundamental, lo que la convierte en “la única representación que está en el cuadro”, representación

que “satura de alguna manera el cuadro en tanto que realidad” (Op. cit.: 124). Lo que representa, en

definitiva, para Lacan, esa imagen dada vuelta no es otra cosa que lo que Luis Buñuel denominará,

años más tarde, “ese obscuro objeto del deseo” [6]. En tal sentido, afirma, “el cuadro es una trampa de

mirada, que trata de atrapar al que está ahí delante” para hacerlo “entrar en el cuadro” (Op. cit.:

125). Lo que atrae al observador, en definitiva, no es lo que está sino lo que no está en la imagen o,

mejor dicho, lo que dispara el deseo de mirar es el intervalo entre ambos planos.

La hipótesis lacaniana, formulada en lo que él mismo denomina “lenguaje lacaniano” es: “tú no ves

donde yo te miro” (Ibidem), e intenta explicitar un cruce, un encuentro de miradas que no se

produce.

[6] Cet obscur objet du désir [Ese obscuro objeto del deseo] (1977), última película de Luis Buñuel (1900-1983), protagonizada por Fernando Rey y dos actrices, Ángela Molina y Carole Bouquet, que encarnan un mismo papel, el de esa mujer deseada que todo el tiempo es y deja de ser lo que parece.

El análisis deriva, al final del recorrido, hacia ese otro punto neurálgico desde el que revisará la

lectura de Foucault: el espejo, “este espejo que está en el fondo y donde se ha querido ver, de

alguna manera y como ligeramente de paso, la astucia que consistiría en representar ahí aquellos

que estarían ahí delante como modelo, a saber, la pareja real” (Op. cit.: 126). Lo que intenta, en

concreto, es diferenciar las relaciones que el espejo dentro del cuadro, y el cuadro mismo, cada uno

con su propio marco, establecen con el sujeto. Lo que pone en relación diferencial son las dos

perspectivas puestas en juego: la del mundo del sujeto observador y la del mundo interno de la obra.

Un marco dentro de otro marco, “el cuadro no es sino el representante de la representación. Es el

representante de lo que es la representación en el espejo”, afirma (Op. cit.: 127). Por lo tanto, insiste

en lo ya dicho: “el cuadro… no es representación” en tanto representación de un mundo para ese

“sujeto transparente a sí mismo de la concepción clásica” (Ibidem). Para ejemplificar nuevamente el

concepto de “representante de la representación”, para insistir con que “los personajes que están ahí

no se representan nada”, pone, esta vez, como máximo exponente de esto, al perro:

No más que él ninguna de las otras figuras hace otra cosa que estar en representación,

figuras de corte que miman una escena ideal donde cada uno está en su función de estar en

representación sabiéndolo apenas, aunque ahí resida la ambigüedad que nos permite

observar que, como se ve sobre la escena cuando se entrena un animal, el perro también es

siempre, también, muy buen comediante (Ibidem).

El concepto de “representante de la representación” intenta establecer, también, que Velázquez

ficcionaliza su accionar, es decir, lo falsea al presentarlo como supuestamente verdadero. Como

afirma Lutereau, “la pintura no es representación. En todo caso, el cuadro es la parodia de la

representación” (2012: 448). Lacan, incluso, niega a la imagen del pintor dentro del cuadro el

carácter de “autorretrato” y la identifica con el concepto de “trampa de miradas” ya explicado

(Lacan, Op. cit.: 128).

Vuelve, entonces, sobre la importancia del espejo y lo que se ve en su superficie, para afirmar que

“[es] este Otro completamente del pienso cartesiano… del Otro en tanto que es necesario que este

ahí, para soportar lo que no tiene necesidad de él para ser soportado, a saber, la verdad que está ahí,

en el cuadro” (Op.cit.: 130). Esa mirada que sostiene, afirma, a pesar de la muerte de Dios

anunciada por Nietzsche, es una mirada divina, y entonces resuena lo que había afirmado antes, que

la “presencia de la pareja real [juega] exactamente el mismo papel de Dios de Descartes, a saber,

que en todo lo que vemos nada engaña” (Op. cit.: 116). Esta interpretación hablaría de una obra

que, al contrario de lo que se desprendía del análisis de Foucault, empodera la figura del monarca a

niveles insospechados, aunque no en su particularidad, dado que trataría de “la función del Rey…

no del Rey mismo”, que hace de él ese “objeto central” (Op. cit.: 130). En este sentido, las

relaciones semánticas que pueden establecerse entre “real” y “realeza” son complejas, como señala,

por ejemplo, Van Loon [7].

[7] “Todo muy ‘real’, como convenía a un hombre que recibía casi a diario una visita de su ‘real’ señor en su estudio del palacio ‘real’ y que (según la tradición) había enseñado a su regio amo bastante pintura para que la ‘real’ mano emborronase la cruz de la Orden de Santiago en el ‘real’ autorretrato que Velázquez había incluído en su cuadro de la joven hija de Felipe, la infanta Margarita” (Van Loon, 1950: 405)

En concreto, la diferencia entre su interpretación y la de Foucault la explicita Lacan en la clase en la

que el propio Michel Foucault está presente. En ella, luego de celebrar su presencia, y de aludir a su

interpretación a lo largo de toda la exposición, afirma que “donde usted mantiene la distinción del

cogito y de lo impensado, para nosotros no hay impensado. La novedad para el psicoanálisis es que

ahí donde usted designa… lo impensado en su relación al cogito, ahí donde hay este impensado, eso

piensa… es en esto que el psicoanálisis resulta poner en cuestión radicalmente todo lo que es

ciencias humanas” (123). Esto, según Schuster, consiste en el cuestionamiento, por parte de Lacan,

del historicismo de base del método arqueológico propuesto por Foucault, que “constituiría en sí

mismo una estructura invariante, de modo que uno tendría que postular un a priori “a-histórico” o

“transhistórico” del a priori histórico, o la condición trascendental de la variabilidad histórica de lo

trascendental” (2015: 15).

En el mismo sentido, para Lacan, el cuadro de Velázquez pone en evidencia el dispositivo pictórico,

otro rasgo de avanzada, propio del Modernismo de fines del siglo XIX y de las Vanguardias de

comienzos del siglo XX: el engaño, la apariencia, son presentados crudamente, por eso la intención

de mostrar la “trastienda”. Lo más importante es que eso que es aparentemente evidente, es

evidentemente aparente. Lo que se supone que el cuadro nos muestra, la “verdad” detrás de la

apariencia, es una “apariencia verdadera”, de ahí la asociación que Lacan establece con el

mecanismo de la fantasía.


“Las meninas” como herramienta para una “ontología del presente”

Foucault propone, en “¿Qué es la Ilustración?”, asumir una “ontología histórico/crítica de nosotros

mismos” como actitud, como ethos orientado a obtener una experiencia teórica y práctica de

nuestros límites y de su posible transgresión. Se trata, en concreto, de poner en práctica una crítica

“genealógica en su finalidad y arqueológica en su método” (2006: 91). A partir de ese desafío, se

intentará, en lo que sigue, recuperar los análisis de “Las meninas” de Velázquez considerados

conjugándolos con la actualización de sus posibles sentidos en el presente, en la coyuntura política

práctica del aquí y ahora.

Nora Merlin, psicoanalista, cientista política y periodista de Página 12, publicó en ese medio, en

noviembre del año pasado, una nota titulada “Liderazgo y conducción”, cuya volanta rezaba

“Cristina Kirchner, de ‘líder natural’ a la conducción institucionalizada”. Lo notable era que un

tercio de la página en la que se desplegaba la nota lo ocupaba una reproducción a color de “Las

meninas”.

Merlin plantea, al inicio de su nota, la necesidad de una salida colectiva y política, por lo tanto

organizada, de la situación de violencia y sufrimiento establecida por el gobierno de Milei,

poniendo como ejemplo de dicha acción la iniciativa del Partido Justicialista de ofrecer a Cristina

Kirchner la posibilidad de pasar “de ‘líder natural’ del movimiento… al ejercicio de una conducción

institucionalizada” (Merlin, 2024:37). Esto le permite abordar la distinción, en términos de

oposición, entre “liderazgo” y “conducción”, que desarrolla a partir de otras dos notas del también

psicoanalista y periodista Jorge Alemán aparecidas en la publicación digital La tecl@ eñe. Alemán

define al líder como aquel “que garantiza de un modo siempre inestable la cohesión de la

estructura” y lo caracteriza como “carismático, brillante en sus intervenciones y determinante en su

presencia mediática” (Alemán, 2019). La conducción, en cambio, “es una acción simbólica que…

debe ser construida políticamente… componerse con la articulación de los distintos actores en

juego… [articular] sensibilidades políticas heterogéneas entre sí… conjugar lo múltiple con lo uno

y viceversa” (Alemán, 2024). Merlin agrega a las definiciones de Alemán que el líder “ocupa el

lugar del Ideal” lo cual “facilita identificaciones” y que la conducción “es una función encarnada en

una persona… que hace semblante de causa de la construcción política, que es una posición

contraria a la de ‘ser’ la causa de la construcción” (Merlin, Ibidem). Y es con relación a esto último

que retoma el análisis que Lacan efectúa de “Las meninas”, sobre todo a partir de la importancia

que otorga a ese “objeto irrepresentable e invisible, pero que sin embargo causa la escena”. Alude

aquí a la importancia atribuida por Lacan a la mirada deseante de su objeto.

Merlin homologa, en su análisis, la posición del pintor a la de la conducción, basándose en su

ser/estar dividido entre el adentro –en el que tiene el poder de ser él solo quien sabe lo que está

pintando- y el afuera de la composición –esa mirada que “sostiene y causa el cuadro” (Ibidem)-. Ese

conductor dividido, además, “se ofrece a la representación” para, aun no siendo su causa, afirma,

ser objeto de identificaciones. Esta cualidad, sin embargo, Alemán la atribuía al líder, no al

conductor. Y he aquí el problema de la homologación que Merlin establece. Lo que hace, quizás

cayendo sin querer en la “trampa de miradas” que la figura de Cristina Kirchner como cuadro

complejo signfica para ella, es no sólo no poder distinguir sino no advertir del peligro de la

unificación de semejantes roles. Como afirma el mismo Alemán en párrafos que Merlin no cita,

“líder y conductor son figuras siempre a distinguir… el líder puede quedar capturado en su espejo”,

la conducción “no debe superponerse con el liderazgo”, y “aunque líder y conductor coincidan en el

mismo sujeto, el conductor mantiene una relación de exterioridad con el liderazgo” (Alemán, 2019).

Esto significa, volviendo al cuadro de Velázquez, que el pintor dentro del cuadro –en tanto líderpuede

reservarse el derecho a no dar una respuesta a la pregunta acerca de lo que está pintando o

puede ser ambiguo, porque su función es sostener un interés, una ilusión, en definitiva un deseo. El

conductor, en cambio, tiene que dar respuestas y operar siempre en la coyuntura, en el aquí y ahora.

Ese sería el rol de Velázquez en tanto autor empírico de su propia obra, el que, en definitiva,

distribuye los elementos en esa escena concreta. Lo que evidencia desde este punto de vista la obra

de Velázquez es, justamente, el poder que el pintor ostentaba al final de su carrera. No cualquiera

pudo haber hecho lo que él hizo, y esto mucho más allá de lo que hace al dominio técnico. Se trata,

literalmente, de “poder”, de estar “habilitado para”, de ocupar el lugar de quien “puede”. Esto habla

de un Velázquez maduro mucho más cercano al noble en el que estaba a punto de convertirse que al

pintor de corte que había sido durante la mayor parte de su vida, y pone en valor, más allá de las

complejidades de las lecturas filosófica y psicoanalítica consideradas, las posibles lecturas políticas

del cuadro.


Conclusiones

En primer lugar, con relación a la obra, es claro que se trata de una composición de avanzada, de

“vanguardia” en el sentido literal del término. Recordemos que Velázquez produce en un contexto

pre-moderno, pre-burgués, pre-capitalista, atado a la lógica del mecenazgo y del servilismo de corte

feudal propia de una época ya casi superada, en un contexto, además, ultraconservador, en el

bastión de la cristiandad amenazada no sólo por las corrientes reformistas sino por el pensamiento

secular que se viene gestando desde la propia Edad Media. Velázquez pinta “Las meninas” en 1656,

con lo que significa -a partir de lo afirmado tanto por Foucault como por Lacan-, en cuanto a puesta

en crisis del sujeto cartesiano, a menos de veinte años de la publicación del Discurso del Método

(1637) y a quince de las Meditaciones Metafísicas (1641). Es decir viene, con esta obra, a clausurar

o, por lo menos, a poner en crisis, lo que prácticamente acababa de ser sancionado, anticipando en

más de un siglo la episteme moderna que será establecida por Kant en su Crítica de la Razón Pura

(1781).

Con relación a la relevancia que la reinterpretación del cuadro adquiere en la coyuntura política del

presente, es posible advertir aspectos materiales bien concretos que hablan de lo positivo y de lo

negativo que puede resultar que Cristina Kirchner aúne los roles de líder y conductora del, si se

quiere, principal movimiento de oposición al gobierno en ejercicio.

Asumiendo desde Foucault que si hay algo que caractariza la episteme moderna, en tanto orden y

clasificación de lo visible y lo decible, es la distancia entre las palabras y las cosas (entre los objetos

a representar y sus representaciones), cuya relación ha dejado de ser evidente, toda representación

necesita construir y poner en evidencia el código que regula la relación entre ambos términos. Todo

lenguaje pasa a ser, así, lenguaje cifrado, y toda lectura, decodificación. El conductor, entonces,

siguiendo la distinción que efectúa Alemán, tiene la potestad y el deber de definir las

correspondencias, las referencialidades, los significados asociados a cada materialidad. Uno de los

tópicos del debate actual en torno al rol de Cristina Kirchner pasa por su relación con otro

posicionamiento, el de quien quizás sea el dirigente más apto para, eventualmente, sucederla: el

gobernador Axel Kicillof. Concretamente, aunque en el plano de la metáfora, con Máximo Kirchner

como mediador interesado, la discusión se ha planteado en torno a si seguir cantando “una que

sepamos todos” o “componer una nueva canción” [8]. Desde el punto de vista foucaltiano, todas las

canciones son nuevas todo el tiempo porque, justamente, la lucha es por los significantes, por lo que

se les hace decir a las palabras en cada situación particular, lo cual conlleva un acto de apropiación,

de toma de posesión. El conductor es, entonces, quien debe llevar a cabo dicha tarea en función de

los consensos y las oposiciones coyunturales que intente establecer.

Desde el punto de vista lacaniano, por su parte, lo importante es la generación de deseo, lo que

implica que la relación se establece en otro plano, en el cual quedan relativizadas aún más las

palabras mismas, pudiendo incluso no estar o estar parcialmente vedadas u ocluidas, como en el

cuadro de Velázquez. Lo que el líder debe llevar a cabo, volviendo a la distinción de Alemán, es un

trabajo de índole ideal, fantástico, hasta metafísico. Su relación con el lector/observador (con el

militante o el posible votante, en el caso que se analiza) se juega en un plano que no obliga a

“ensuciarse las manos”. Y en esto radica el problema y la imposibilidad, quizás, que Alemán

advierte en el pretender unificar ambas figuras en una misma persona. Un rol, el del conductor, que

es pragmático, político en el sentido más llano, atentaría contra el otro, el del líder, que debe

generar adhesiones sin reparos, vinculadas con la representación de un ideal o la vehiculización de

una operación de sublimación en torno a una fantasía.

[8] Kicillof planteó dicha dicotomía al hablar en un acto de apoyo a la candidatura presidencial de Sergio Massa enseptiembre de 2023.


Bibliografía citada

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