viernes, 3 de octubre de 2008

CHRISTOPH MENKE. LA SOBERANÍA DEL ARTE

Menke, Christoph [1991]: La soberanía del arte. La experiencia estética según Adorno y Derrida, Visor, Madrid (1997)

Fabián Beltramino

[Reseña publicada en la revista virtual Otro campo. Estudios sobre cine, nº3, 2000]

La soberanía del arte implica para Menke un conflicto irresoluble entre la experiencia estética y los otros modos de discurso; el buen funcionamiento de los discursos no estéticos ingresa en una crisis sin retorno a partir de la experiencia estética. Esta argumentación combina las dos tradiciones principales de la estética moderna: la que caracteriza la experiencia estética en términos de autonomía en tanto uno de los diferentes modos de experiencia y de discurso que contribuyen a la razón moderna, y la que la define en términos de soberanía, destacando en ella un potencial que transgrede la racionalidad de los otros tipos no estéticos de discurso. Esta transgresión, sin embargo, no implica la proyección de una exigencia idealista de verdad sino más bien una relación genealógica en la que la experiencia estética es capaz de desencadenar una crisis en el resto de los modos de experiencia y de discurso. Es, por lo tanto, la relación entre autonomía y soberanía del arte una relación bipolar, doblemente determinada, aparentemente contradictoria, en la que la apariencia del arte (su autonomía) constituye al mismo tiempo su verdad (su soberanía). Dicho vínculo se afirma a partir de lo que Adorno entiende por arte moderno, esto es, un discurso autónomo entre otros pero a la vez capaz de subvertir de manera soberana la razón de todos los demás discursos. El objetivo de Menke, en primer término, pasa por la reconstrucción de la lógica específica de la experiencia estética situando la negatividad del pensamiento adorniano en el plano de los procesos semióticos, procesos de utilización y comprensión de signos, con la intención de referir dicha negatividad a un proceso de subversión de la comprensión. Como herramientas para el cumplimiento de su objetivo, recurre a autores que se oponen a la teoría de Adorno pero cuyas intenciones están próximas, fundamentalmente a la teoría de la deconstrucción de Derrida.
Menke desentraña la lógica específica de la experiencia estética -basada en el concepto de negatividad estética que, para Adorno, funda la autonomía del arte moderno en su relación negativa con todo lo que no es arte- a partir de la función crítica que supone ejerce el arte con relación a la realidad exterior no estética. En función de ello concluye que la negatividad de la experiencia estética pasa por el fracaso, la subversión de cualquier intento de comprensión. Queda evidenciado así el carácter procesual de experiencia estética en tanto autosubversión del intento de comprensión inscrito en ella misma. Describe la función crítica del arte, además, como íntimamente ligada a la cuestión del placer estético. Tal noción constituye, por un lado, una moralización que sirve para diferenciarlo del goce estético reductor del arte a la categoría de diversión, forma de placer vinculada con la industria cultural; al mismo tiempo, se trata de una concepción del placer en tanto vivencia de un objeto más allá del conocimiento, a partir del fracaso ocasionado por la negatividad de la experiencia estética.
En cuanto a la índole procesual de la experiencia estética, en pos de una caracterización más profunda, Menke recurre a la noción de aplazamiento, idea que destaca el aspecto duracional de un proceso que permanece irremediablemente presente, que elude todo resultado, cualquier finalidad identificadora o comprensiva; la negatividad estética queda definida así, entonces, como una procesualidad desautomatizadora de la comprensión, una procesualidad permanentemente encaminada al fracaso. Pero Menke busca un basamento estructural para la negatividad estética, e intenta obtenerlo efectuando una reformulación en el plano semiótico.
Efectúa dicha reformulación con relación al objeto estético, poniendo en un juego de doble vínculo su aspecto material y su aspecto significante. Esto implica que el significante no es entendido como una realidad dada sino como una relación funcional entre un material y una significación que surgen de una operación de selección. Se trata de algo que oscila entre dos polos, el del material y el de la significación, a los que mantiene unidos y, de acuerdo a ello, no puede ser nunca identificado definitivamente. Implica la negación de cualquier intento de comprensión final ya que el objeto no existe más que en el proceso mismo, y si alguna comprensión fuera posible, se trataría de un acontecimiento inmanente a dicho proceso, comprensión negada y disuelta en la experiencia estética misma. La tesis de la oscilación estética funciona, por lo tanto, como una ontología de la obra de arte en tanto paso incesante entre los dos polos del material y de la significación. La experiencia estética resulta, por ello, un proceso interminable, una procesualidad sin resultado. El objeto estético queda así configurado como objeto articulado, construido estéticamente. Queda claro, por tanto, que ningún material está en condiciones de determinar sus propios rasgos significantes y que estos se definen durante el proceso. Es el carácter procesual de la experiencia estética lo que provoca la desautomatización de los actos de comprensión no estéticos al desprenderse de cualquier justificación de tipo contextual para determinar tanto la materialidad como la significación de su objeto. Dicho de otro modo, el objeto estético presenta tantas interpretaciones contextuales como intentos de formación de significantes, dado que su materialidad es siempre superabundante respecto de toda selección significativa. Así, la experiencia estética, al develar la diversidad de hipótesis contextuales posibles las niega, deviniendo en experiencia distanciadora.
Para Menke, entonces, las explicaciones de la negatividad estética no pasan por la determinación interpretativa del significado (teoría de la polisemia, multiplicidad interpretativa) sino por la elección del significante, la determinación del objeto estético en tanto objeto plural, convertido constantemente en material en un proceso estético de aplazamiento de la formación de significantes, un proceso de negación interna sin resultado. Es para él en esta crítica de la polisemia donde la teoría de la negatividad se acerca al postestructuralismo, a la teoría de la deconstrucción, sobre todo a partir del concepto de diseminación de Derrida, entendido como praxis en la que el texto se construye y se disuelve, proceso de comprensión/descomprensión simultáneo en el que se disuelve todo sentido como resultado.
Menke dedica un espacio importante a efectuar una crítica de la hermenéutica, teoría que entiende la comprensión como comprensión lograda, no subvertida o indefinidamente aplazada como propone la estética negativa. La finalidad del proceso de formación de significantes para la hermenéutica es la obra en tanto obra comprendida, es decir, la remisión, mediante repetición, a un sentido conocido extraestéticamente. Para la interpretación hermenéutica toda comprensión tiene la estructura de un prejuicio, es reflejo del arraigo contextual. Al mismo tiempo, la experiencia estética no es más que un medio de comprensión de una significación más intensa, la instancia de una verdad superior, por lo cual el proceso interno de formación de significantes queda estabilizado desde el exterior, adquiere un término, al estar dotado de una finalidad significativa. Para Menke la estética de la negatividad, en cambio, es no teleológica, despliega la procesualidad hasta sus últimas consecuencias y es por ello mismo deconstructiva, descompone la comprensión aparentemente lograda hasta su fundamento, hasta su procesualidad sin resultado.
Llega así al abordaje del concepto de belleza. Comienza ocupándose de la lógica configuradora de la interpretación, más precisamente, de la manera en la que el discurso interpretativo puede expresar la experiencia estética de la negatividad. No encuentra manera mejor que la discontinuidad de dicho discurso en tanto fenómeno de lectura, es decir, surgida de una evaluación, de la autosubversión del propio discurso interpretativo que cumple en sí mismo un proceso negativo similar al estético. Menke avanza en la explicación del concepto de evaluación estética a partir de la noción de crítica inmanente, noción que se apoya en el cumplimiento de la experiencia estética, en el seguimiento de la fuerza obligante del propio acto. El discurso interpretativo remite al objeto estético -en tanto cosa que rehusa ser entendida como signo, que evita la comprensión- como fundamento de una experiencia obligante de la negatividad. El objeto bello es, entonces, una cosa en segundo grado, ni comprensible ni describible, determinada procesualmente, una cosa en el sentido heideggeriano de tierra, surgida de un proceso de producción que conduce al material más allá de su función de soporte, que lo salva estéticamente. Resulta pues la experiencia estética una epifanía de la obra de arte, la aparición estéticamente escenificada del componente cósico de la obra misma, acto en el que el objeto estético aparece como incomprensible. Conceptualiza así Menke lo bello a partir de la noción adorniana de imagen: lo bello se hace imagen cuando el objeto incomprensible no es ya el soporte de una significación que aparece, ni un objeto que descansa en sí mismo, sino que es apariencia. Lo bello es un fenómeno instantáneo que no puede desligarse estructuralmente del momento de su aprehensión en el proceso de experiencia estética. El objeto aprehendido como bello queda transformado estéticamente, extrañado respecto de su lugar, de su contexto inicial; pasa a estar ubicado en un lugar vacío en tanto duplicación de sí mismo. En conclusión, la experiencia estética de la negatividad produce una doble liberación: la del material del objeto bello, que es liberado de su función de portador de significado y logra una plenitud inalcanzable a toda comprensión, y la de los signos respecto de su significación, que impide que sean reducidos a su pura coseidad.
Una vez aclarada la lógica negativa de la experiencia estética, Menke se ocupa de pensar a la estética como fundamento de una crítica de la razón. Para ello, vuelve sobre la noción de soberanía estética. Aquí pone en evidencia algunas diferencias entre la estética de la negatividad de Adorno y la teoría de la deconstrucción de Derrida. Para este último, de acuerdo al motivo central de su filosofía consistente en articular y fundar en el plano extraestético la negatividad experimentada en el plano estético, la soberanía del arte es una implicancia del arte en tanto se adjudica validez universal a las estructuras de la experiencia estética. Para Adorno, en cambio, la soberanía del arte es una consecuencia de la experiencia estética de la negatividad en tanto nueva manera de considerar los discursos no estéticos a partir de la subversión de su comprensión automática; se trata de una consideración postestética, de la producción de una imagen nueva, alternativa, de los discursos no estéticos. La experiencia estética tiene como consecuencia la desestabilización (subversión) de los discursos no estéticos a partir de un cambio de punto de vista, de una mirada hacia los discursos no estéticos efectuada a la luz de la experiencia estética que destruye su validez sin necesidad de impugnarlos desde dentro de sí mismos. La experiencia estética efectúa una negación de la ley fundamental de los discursos, la de su comprensión automática, en un doble proceso de desestructuración estética: aplazando indefinidamente cualquier intento de comprensión y liberando el material de los significantes respecto de la significación. Tal es el efecto de lo estético y a él se debe la sobrevaloración del arte por parte de la filosofía moderna, para la cual actúa como catalizador que permite el surgimiento de problemas que no podrían presentarse ni ser presentados sin la experiencia estética, entendida ésta como experiencia crítica de los discursos eficaces. Para Adorno en particular, la experiencia estética es un modo de consideración que contradice la comprensión preestablecida de los demás discursos.En conclusión, la soberanía de la experiencia estética surge de la ubicuidad potencial de la negatividad estética autónoma que implica, por un lado, una crisis, una interrupción de las prácticas y los discursos no estéticos y, por otro, que lo bello y lo verdadero se dan en una relación de tensión irresoluble.

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